domingo, 23 de agosto de 2015

Las semillas del huerto.

Y nos montamos por fin en el coche de regreso a casa. Odiaba tener que acompañarle en unas ocupaciones que él se había autoimpuesto porque era un buen hombre que prefería gastar el dinero familiar en un huerto plantado en un pequeño terreno heredado en lugar de en el bar. Eso es lo que me dijo mi madre cuando tuve un arranque de rabia contra él un año antes.
Y yo odiaba tener que acompañarle pero me sentía obligado a ello. Todos nos imponemos cosas a nosotros mismos; la libertad kantiana parece residir ahí: en una moralidad basada en la autoimposición de nuestras acciones. Porque, ya ves, a fin de cuentas no podía reprocharles nada a ninguno. Quizá sólo su indecisión (porque no creo que fuera fruto de un estudiado planteamiento) de darme la vida. Dármela y regármela con comida, techo, ropa y educación pública. ¿Cómo imaginar que tendría más necesidades? Si las tuve debió ser por mis aires de grandeza exacerbados. Y eso no estaba bien... Así que, mira, qué mejor que apagarlos bajo una infancia mediocre y una adolescencia terrible. A fin de cuentas ellos no habían decidido cómo yo debía ser, ni tenían responsabilidad sobre ello. A fin de cuentas sólo yo era responsable de ello y, supongo, de los traumas varios que se gestaron en silencio y que años más tarde tuvieron a bien aparecer en aquel momento en que sentí que me iba a comer el mundo y los días de perro habían quedado atrás.

No estaba muy lejos el cachito de huerto de nuestra casa en el pueblo de al lado. Pero todo trayecto en coche me proporcionaba un poco de paz. Al menos cuando mi padre tenía otras preocupaciones en la cabeza ajenas a mí. Esas veces la batería de canciones de KissFM (siempre las mismas) nos acompañaba. Y todo carecía de importancia de repente. El paisaje se desplazaba con rapidez a través de las ventanillas y la carretera con las canciones acompañándonos me producían la sensación apacible del nunca acabar. Ese momento podía dilatarse todo lo que uno quisiera. Pero como ya he dicho apenas si nos separaban seis o siete kilómetros de casa. Y como aún no he dicho pero sí he recordado, mi padre no tenía en mente otra preocupación que mi pequeña personita. Más pequeña que en los albores de mi vida. Nunca me había sentido más pequeño e indefenso. Y él estaba elucubrando planes para mí. Planes para sacarme del pozo en el que me encontraba y que él nunca se podía haber imaginado. Su empatía le permitió percibirlo pero ¡qué equivocado estaba en cuanto a su profundidad y procedencia! Si por algo se caracterizaba mi padre era por la ausencia de esa empatía en pañales que ahora afloraba. Le daban a uno ganas de llorar. A mí desde luego me dieron ganas de llorar. Me enternecían las palabras aisladas que pronunciaba una vez había apagado la radio -señal inequívoca de que serían unos pocos kilómetros horribles y sin escapatoria-. Me enternecían porque no eran más que la sombra de lo que su cerebro trataba de organizar en un intento por llegar a mí. Por escoger las mejores palabras que pudieran conectar con mi psique y entablar un diálogo real. Pero mi padre era muy, muy torpe con las palabras. Y era muy, muy torpe en cuanto a llegar a las personas. Y no por falta de interés, bueno, no lo sé. Creo que siempre ha sido porque el mundo exterior que le llegaba por los sentidos debía pasar primero por unas estructuras mentales del todo rígidas que él se había formado y que, además de distorsionar la realidad y amoldarla a ellas -como nos pasa a todos- le privaban de toda duda y cuestionamieto, lo cual le situaban en una atalaya de verdad -su verdad- de la que no podía bajar.
Recuerdo de pequeño cómo todo y todos en casa debíamos estar atentos a él, a cómo se había levantado ese día o cómo había venido de la calle o del trabajo. En función de sus modos toscos uno ya podía prever que algo le había agraviado y de ese modo teníamos que actuar en consecuencia. Manteniendo orejas gachas, mirada huidiza, y anteponiendo sus deseos a los de cualquiera para sofocar su temperamento y abortar cualquier conato de violencia verbal o física. ¡Qué sensación más rara cuando empecé a conocer y experimentar el mundo fuera del ambiente familiar descubriendo cómo había otras maneras de vivir! ¡Nunca me había planteado que pudiera haber otras! Y claro, uno compara, y la memoria que para nada es un amasijo de fotogramas estáticos, va transformando los recuerdos y uno ya no se puede fiar ni de sí mismo. Como tampoco puede evitar la frustración y el rencor que crecen como una llama alimentada por bocanadas de oxígeno a medida que uno se hace mayor.
Así que el bueno de mi padre, en su atalaya inexpugnable, atalaya sostenida por cimientos tan sólidos como pueriles, tan duros e indestructibles como escasos en contenido fruto de una vida simple, hacía vanos esfuerzos por llegar a mí. Y yo me entristecía al compás de sus balbuceos. Sentía un dolor muy palpable. Parecía llenarse de vigor a cada latido. Me dolían tanto sus buenas intenciones como sus nulas posibilidades de éxito. Pero me dolía incluso más esa vida simple que era la culpable de su asquerosa seguridad. De su seguridad fundada en la mentira. En la ignorancia infinita. Debería haber una frase antagónica a la solemne "Sólo sé que no sé nada". Mi padre parecía bañarse en ella. Su "sólo sé que sé todo" me daba asco y sólo parecía verlo yo.

Asco, dolor y pena se mezclaban a medida que llegábamos a casa. El nudo en la garganta sólo me dejó pronunciar algún que otro monosílabo manteniendo, sumiso, el hilo de conversación que él solito estaba creando y que yo no tenía fuerzas para sesgar. Y llegamos al garaje. Y el llanto latente amenazaba con desbordar el nudo que por más que intentaba tragar, se mantenía altivo. Y creo recordar que él decía algo sobre empezar una carrera técnica de tres años en la capital de la provincia. Era mucho más barato que estar en el "puto Madrid" que me había pasado por encima. Y ya está, y eso era todo lo que debía bastarme. Un titulito de aparejador y a casa por Navidad a disfrutar de los momentos en familia y bueno, ¡unas risas, y una fraternidad! ¡Y una fiesta luego el treinta y uno de mes con los amigos de siempre! ¡Qué idílico! ¡Qué fantasía, madre de Dios!
La verdad es que no recuerdo bien lo que yo dije. Me acuerdo de que lo que dije lo dije gritando furioso y con lágrimas cayendo por mis mejillas. ¡¿Y ENTONCES QUÉ?! ¡¿ENTONCES HARÉ CASITAS?! ¡¿HARÉ UNIFAMILIARES Y ADOSADOS?! ¡¿ESO ES TODO LO QUE DEBO HACER EN LA VIDA?!
Mi padre cambió el gesto y los modales dulces que nadie se había creído, ni él, ni yo. Y con su cara agria mucho más familiar me dijo que qué coño era lo que quería. Que qué era lo que esperaba yo de la vida. Que si sabía la suerte que tenía de que me pudiera pagar unos estudios...
Le dije que yo ya no esperaba nada. No le dije que estaba destrozado por dentro. No le dije que me pasé dieciocho años tras una mentira, con el anhelo de que todo cambiaría. Que todo empezaría a ir bien una vez saliera de ese agujero de la España profunda. Esa mentira me había mantenido con vida durante muchos años y qué cosas, se despeñó una vez me di cuenta de que el mundo no era como yo me había imaginado. Y yo me fui cabeza abajo arrastrado por ella. El pilar fundamental de lo que había sido mi vida malvivida tantos y tantos años hecho trizas y con él todo lo que yo era. Pero no le dije nada de eso a él. Sólo seguí llorando.
Él me miró con lástima y me dijo que estaba enfermo. Que era demasiado joven para estar así.
Y yo subí rápido a casa por las escaleras buscando frenético las llaves para abrir antes que él y dejarle con sus cosas. Al meterme en mi cuarto habría pasado todo y ya sólo tendría que hacerme frente a mí, sin explicaciones a nadie más. Pero no fue así. Tardaron un rato en entrar. (Rato que aproveché para hacerme un ovillo en la cama escuchando en bucle una melodía de Thomas Newman que tenía por nombre "Angela Undressed" por una película. Una buena película.) Pero entraron al final mi padre con mi madre -que actuaba doblemente: como contrapoder o como refuerzos según la ocasión-. Pero yo ya no tenía ganas de ¿hablar más? Les dije que me dejaran, por favor. Y mi padre empezó a perder los estribos porque -supongo yo- vio que sólo parecía a él importarle mi estado. Que le importaba más que a mí. Supongo que eso fue lo que le enfureció, mi aparente apatía que no era más que el único estado que se me ocurría decoroso en sociedad. Y aunque aún no lo sabía, estaba completamente en lo cierto; a nadie le gusta un lastimoso quejica sin brillo en la mirada al que reír le hace un daño físico.
El caso es que volví a gritar: ¡ESTOY MUY CANSADO! Esta vez sin rabia pero con todo el significado de la palabra 'cansado'. Creo que nunca había estado más cansado en toda mi vida. Lo dije sin rabia, ya ves, pero con el mayor desconsuelo que uno podría imaginar para alguien que nadando en la más espesa y profunda negrura, en la incomprensión más insondable, está cansado de vivir. Está solo. Siempre.

martes, 21 de julio de 2015

Putxet

Una ciudad infestada.

Amalgama de asfalto, cemento y vocerío mezclado con el ruido de bocinas y motores.

Soñaba con encontrar mi hueco propio tal y como cada uno parecía tener el suyo. Y no sé, parecía que no quedaba de eso.

Una ciudad atestada de individuos ausentes.

Los taxistas apuraban los últimos minutos de sueño antes de que la alarma del despertador les instara a arrancar su tan conocido vehículo y comenzar la jornada con una carrera rentable.
Los fruteros subían las persianas metálicas de sus establecimientos y se afanaban en mostrar su mercancía: productos frescos ricos en textura y color.
Jubilados y viudas echaban a andar con las primeras luces del día, ansiosos por salir de la prisión en que se habían convertido sus cálidos hogares. Antaño reductos de paz en la que guarecerse del mundanal ruido, se habían quedado vacíos de voces familiares, risas y llantos dulces de los que acompañan nuestras pequeñas vidas y sus avatares cotidianos. No eran más que esqueletos desnudos ahora; paredes, suelo y techo plagados de recuerdos mudos que sólo eran evocados por la memoria renqueantes de sus solitarios moradores.
Se estaba mejor fuera donde la vida parecía no haberse detenido todavía y el ir y venir de la gente les acompañaba secretamente. Paseaban con ojos vidriosos de tristeza y ternura que clamaban por algo de cariño y finalmente se contentaban con una charla liviana.
Fino y precario era el vínculo que les unía con un mundo que había cambiado demasiado deprisa y no había querido esperarles.

Mundo ajeno y alienante.

Tan hostil que producía heridas profundas e invisibles en el alma de las pequeñas sensibilidades que por decisión o incapacidad habían quedado al margen.

Plutones desviados del ritmo de la órbita general. Lejanos, fríos y oscuros siguen su propia marcha. A veces planeta, a veces asteroide. Socavados hasta las entrañas cual piedra pómez. Duros y muertos. Iluminados sólo por el brillo de los demás astros que aceptaron el orden del mundo para mantenerse equilibrados y calentitos.

Desde el árbol de aquella montaña todo parecía bullir.

Henchida de calor sofocante la ciudad latía exhausta.
A cada parpadeo empezaba a colapsar acompañada de la tenue luz del atardecer.
Laguidecía viscosa como una balsa de aceite cambiando de color según los rayos se iban recogiendo.

Sus habitantes de vidas importantísimas, llenas de un significado vacuo, proseguían con celeridad la cadena de compromisos que ellos mismos se habían esforzado tanto en creer realidad.

Finas y precarias son esas vidas que ojos llorosos de experiencia y soledad parecen los únicos que saben ver.
Miradas llenas de melancolía rememorando aquella vez en que todo tenía sentido y no había tiempo que perder.

Pues todo éramos nosotros.

Cuerpos hambrientos de mundo que aprendían con cada estímulo y bebían de cada efluvio rebosantes de vida.

Que nunca se imaginaban,
Que ellos no eran nada
Y ni siquiera importaba.

martes, 5 de mayo de 2015

Nepalí

"Todo lo que se considera superfluo brota de una mente llena hasta la saciedad.

Me hago oscuro al pretender ser breve."
Horacio.

"I wanted to write about it all. Everything that happens in a moment. The way the flowers looked when you carried them in your arms. This towel, how it smells, how it feels, this thread. All our feelings, yours and mine. The history of it, who we once were. Everything in the world. Everything all mixed up, like it's all mixed up now. And I failed. I failed. No matter what you start with it ends up being so much less. Sheer fucking pride and stupidity".  Michael Cunningham.

Me di cuenta de que me interesaban las personas.

Y nunca nadie me dijo cómo era el mundo.

Y tropecé y me caí. Y cayeron sobre mí los escombros del edificio quebrado que había construido hasta entonces.

Y en vez de luchar por quitármelos de encima, hice de ellos mi hogar pues era todo cuanto yo conocía.
Me sentí incapaz de desecharlo. Habría sido como desdeñar todo cuanto yo había sido; despojarme de mí sin tener otro yo de recambio.

Me sentí arropado y calentito entre mis ruinas. Y según se me acababa el aire de los recovecos a cada bocanada, me fue imposible no tomar la indecisión -pues fue involuntaria- de seguir viviendo. Y comencé a erigir un nuevo baluarte entorno a mí con los materiales precarios que no me sirvieron ya la primera vez (tampoco tenía ninguno más).

Así fue cómo sobre los cimientos destrozados tomé de nuevo el camino hacia arriba, sabiéndome abocado a un nuevo derrumbe cuyo inminente colapso ansiaba con la añoranza de lo familiar.

sábado, 4 de abril de 2015

La soledad de los estancos


Todo apunta a que con el paso del tiempo, inconscientemente, estoy creándome un yo paralelo que a la vez es mi yo más personal y diferenciado.

Voy llenándole de contenido para satisfacer las distintas necesidades que me van saliendo a medida que vivo. Pero parece ser que se trata de un yo estanco que se nutre del exterior mediante una capa osmótica que filtra aquello de lo que tiene hambre y no deja sacar fuera el limo producto del cocinado interno.

Entre la carcasa que contiene mi yo y el mundo exterior se manifiesta mi forma biológica predeterminada y azarosa. Dispone de todas las características y herramientas de que se le ha dotado y está recubierto de una membrana hipersensorial con la que se relaciona con el mundo.

Esa masa celuloide se llama Víctor. Mi yo está condicionado por él y él es a la vez como yo quiero que sea. Pero ni él es yo ni yo soy él.

En el mundo existen multitud de víctores que suelen tener nombres diferentes y aspectos diferentes. Todos se relacionan entre sí mediante la capa sensorial que les engloba. Nadie nunca sabe qué y cómo es el recipiente que van llenando hasta que su estar-vivo colapsa.

Pocos conocen el suyo propio.

Algunos ni siquiera lo llenan de nada.

viernes, 27 de febrero de 2015

Rabia. Sexo. Embotamiento mental.

Rabia. Sexo. Embotamiento mental.
Migas en el colchón.
Botellas vacías rodando por el suelo.

Un miembro entumecido, me estiro y choco contra el ordenador. Lo aparto de un golpe y me hago daño. Y me clavo la maraña de cables que lo separan del enchufe. Y me levanto bruscamente, y me cago en su puta madre. Y lo desenchufo de la pared, y tiro los cables a tomar por culo, y el cojín del sofá. Y pongo el ordenador bajo la cama, eso ya con cierta suavidad.
Y ya de paso me levanto a mear, y cierro aún más las contraventanas antes de que amanezca. Y vuelvo a dormirme en mi lado hundido y calentito de siempre. Y ya no hay nada más allá de mí mismo que me incomode. Y ahora ya sólo me incomodo yo. Y me duele todo. En todas las posiciones. Y pienso:
Disocio emociones para guardarlas en compartimentos estancos por practicidad.
Si se me pone dura me busco un polvo. Si me ablando saco a mano recuerdos de otra época en la que aún no me había endurecido.
Si me aburro echo en falta relaciones de otro tiempo que ya no será más. Y me echo en cara no dedicar tiempo a cultivar unas nuevas. Pero es que normalmente no me apetece.
Acabo llegando a la conclusión de que no me sale a cuenta el esfuerzo de combatir la pereza social durante todo el año para unos pocos días de tiempo libre y apetencia de risas y cervezas. Así que abro la pestaña de elpaís.com y lo leo, y me entretengo a lo Winston Smith leyendo los mensajitos del Ministerio de la Verdad que le iban llegando. Y sigo con eldiarioes, y cuando lo gasto abro público. Y sí, a veces toca elmundo, qué le vamos a hacer, pero es que ya me la he pelado y ya me he comido un yogur con bífidus.

Y recuerdo cómo es eso de quedar con gente. Y quedo y mi yo se abstrae y hace chas y aparece a mi lado. Y me mira y me critica. Y se mofa de mí diciéndome que qué hago con el pavo ese. Y mientras yo emito sonidos articulados como lo haría un fonógrafo orgulloso de su automatismo, él sigue observando con una mueca de asco en la boca. Que qué hago con ese pavo sigue diciéndome. Y consigue que me dé asco (yo, el pavo ya me lo daba; no necesitaba de mecanismos mentales elevados para darme cuenta de eso). Pero yo trago con eso y con más cosas. Pobre de mí si no hubiera aprendido ya a estas alturas de la vida a tragar.
Y ahí sigo, hablando de lo independiente que parece el subnormal con el que estoy compartiendo la mesa en la terraza de un bar. Lo mayor que es que se puso a trabajar con dieciséis años y lleva en Barcelona ocho, y ha vivido en una decena de pisos ya de lo independiente y mayor que es. Y que claro, que ya que trabaja, pues si quiere dedicar la mitad de lo que gana a comprarse ropa, pues que por qué no habría de hacerlo. Que él se lo gana y él se lo gasta en lo que quiere. Lo que pasa es que a veces tiene que pedir dinero a su madre porque no le llega. Pero también es mayor por pedirle dinero a su madre. Que es como muy de niñato el orgullo ese ridículo de no pedir ayuda. Que él lo pasó muy mal en Canarias y que pidió ayuda y que mira dónde está ahora. Con una gran sonrisa me lo decía y una pierna encima de la otra haciéndola bailar rítmicamente mientras con un gesto de autosuficiencia, condescendencia y amaneramiento pedía otra clara a la china que regentaba el bar.
A mi yo que me veía desde arriba debieron entrarle ganas de mear porque de mi boca salieron esas palabras excusándome. Y me bebí de un trago lo que quedaba de mi cerveza y me metí dentro del bar. Y pagué a la china del bar y salí por la puerta opuesta a la terraza en dirección a la estación del Bicing.

Y ya ves, recargando unas veces la pestaña de mi cuenta del banco, otras la de monUB, otras la de elpais en busca de más noticias y otras la de los geolocalizadores de las aplicaciones de búsqueda de polvos, se me pasa el tiempo. Porque es como un equilibrio exquisito. Porque leer no puedo; también cual fonógrafo leo. Leo con mi voz mental la sucesión de palabras mientras mi yo se me vuelve a poner al lado a mirarme tirado en la cama. A veces me trae recuerdos, ya ves, para entretenerme (la mayoría del tiempo para torturarme). Y otras sólo me mira y me juzga silenciosamente. Pero en sus ojos leo todo lo que me dice calladamente.
Él es quien me proporciona la barra en la que me mido. Los valores también los pone él. Y el peso que ellos tienen en función de su trillada experiencia y subjetividad. Siempre acaban pesando aquellos que, por exceso o por defecto, tengo atrofiados.

Yo es que conmigo nunca gano. Siempre juego pero nunca gano. Y a veces a uno le dan ganas de mandarme a tomar por culo. ¡Cómo no me voy a dejar! ¡Pero si es que me doy pereza!

domingo, 11 de enero de 2015

De una encina pequeña que se llamaba Chaparro.

El dolor es producto de razón e instinto de supervivencia. Qué tristeza de repente.

Un arbolito que crece torcido porque su entorno no le permitió crecer bien. Y sigue creciendo porque no puede hacer otra cosa. Y cuando ya no hay nada que le impide crecer recto, la inercia de sus inicios puede más que su deseo, y tira de él haciendo que se escore.

Hunde profundas sus raíces donde nadie pueda verlas para sostenerse. Lo hace por la noche y muy despacito para evitar que sepan que quiere enderezarse, por si acaso no lo logra, poder aún decir que no lo hace porque no quiere.

Una noche empezó a molestar a los topillos de tan dentro en la tierra que avanzaba.
Se le pusieron en su contra.
Ejércitos de hormigas sacaron sus tropas hostigándole para que retrocediera.
Sin querer, había despertado a las alimañas nocturnas.
Las ratas de campo devoraban sus raíces blancas y las yemas tiernas apenas habían asomado.

El arbolito palidecía.
Empezaba a comprender que ya no podría tender más hacia la luz, acabaría derribado de tan torcido que se hallaba.
Contemplando el bosque a su alrededor no veía un sólo árbol en el que apoyarse para mantenerse en pie. Sólo una masa uniforme y monótona de verde desesperanza.

Pasaron largas estaciones por su corteza. Cada una de las cuales marchitó sus mejores hojas de modo que ya no tenía fuerzas para hacerse crecer más.
Se ahogaba poco a poco mientras miraba apesadumbrado el horizonte al atardecer.
Cuando apenas le quedaba ya nada dentro y era poco más que cuerpo inerte,
sombra y silueta en la hojarasca,
se dejó morir.
Y su morir duró mil años.
Y se derrumbó una noche carcomido por dentro.
Y no se oyó un ruido porque no hubo nadie allí que escuchara.
Y su tronco se pudre fundiéndose con lo demás.

El mundo a su alrededor se nutre de la tragedia.

Los pájaros azules ya no tienen dónde posarse.


lunes, 17 de noviembre de 2014

El viaje de ¿retorno? y primavera.

Camino de vuelta estoy; he ido al campo unos días. Todo apunta a que he conseguido perdonar a mis padres toda aquella culpa que legítimamente o no, les atribuía.
Estudio poco, por no decir nada, y mal; muy mal.

Tiempo convulso de Navidad he pasado. Y maltrato de vida he pasado.
He llorado. He sentido apatía de vivir e indiferencia por todos.
Me he endurecido a base de endulzar mi fachada.
Me creo ahora poseedor de existencia apacible. Circunstancial y finita como todo lo que vamos sintiendo a medida que nuestro corazón pulsiona y nuestros pulmones suspiran.

Oleadas de odio y malestar amenazan a veces con destruir mi playa; de finos sedimentos que han ido arrastrando los años se alimenta. Moldeada por lo mares de lágrimas que braman y arañan mis costas contempla el tiempo casi palpable.


Podría enumerar mis logros en una sucesión de nombres y descripciones:

Vivo solo en el centro de la ciudad.
Tengo trabajo fijo que me sustenta.
Estudio una carrera que me gusta.
Tengo amigos.
Tengo novio.

Y parecería idílico si me meciera en las aguas de los valores compartidos. Si hubiese ido a parar al cauce que me esperaba antes del mar.
En cambio sigo habitando en el arrollo serpenteante.
Inconstante es su caudal.
Por subidas y bajadas chapoteo.
Temeroso de perderme y estallar en llanto que riegue un campo yermo, me revuelvo y me hundo en aguas subterráneas.


Porque también podría decir que:

Vivo en una ciudad donde no deseo vivir.
La trivialidad de mi trabajo me desespera y llena de impotencia.
Me duele estudiar lo que estudio pero más me duele no hacerlo.
Tengo muchos conocidos con los que no he logrado pasar de una charla amena sobre lo cotidiano.
Tengo un novio al que aprecio pero no quiero.

Me asomo a la superficie a que el sol temple mis ánimos con miedo a que seque mi porvenir.
Por oscuros y tenebrosos valles me adentro. Infectos de criaturas perniciosas que me seducen cual sirenas y me hacen tropezar.
A enormes llanuras van a parar mis aguas. Inspiradoras de la más horrible soledad.
Monotonía en toda la amplitud del mundo. Sólo vienen insectos a revolotear.


Siento la vibración del tren.
Los túneles de sus vías podrían cambiar mi vertiente. Supuro por sus paredes curvas.
El trayecto de sus idas y venidas me molesta.
Me escurro por la pendiente hacia abajo.
¡No será este mi aquí! ¡No será este mi mar!


Llego a mi destino lleno de lugares donde abastecer mis vicios. Me espera un embotamiento mental autoinducido y una tos perpetua.

Llanuras, valles y barrancos he dejado atrás.
Grisáceos se tornan mis ahoras.
Un fundido negro acompañado de carcajadas me mantendrá frío en relaciones y periodo estival.
Una ciega desconexión para no sentir, no tocar; ni ver, ni oler, ni escuchar, todo aquello que se sucede a mi alrededor y de lo que no quiero participar.