«A ver, ¿qué hago?» dijo con la misma naturalidad de la que hacía gala cada día gastado en el trabajo. Como si no llevara haciendo lo mismo, de manera intermitente (pues era fija discontinua o así se me presentó un día), cuatro putos años en aquel sótano iluminado con luz artificial del que se servía el hotel para disponer el desayuno a sus ricos huéspedes.
Hacía tiempo que me había acostumbrado a la grandiosidad de sus espacios diáfanos; el olor dulzón que lo impregnaba todo me había dejado ya ciego el olfato, pero para compensar, un nuevo sentido había aflorado en aquel tiempo. Un sentido que parecía encenderse en cuanto fichaba por la puerta a las seis y pico de la mañana y que me mantenía atento a cualquier gilipollez del personal que conformaban los trabajadores. Ese "a ver, ¿qué hago", lejos de pasar desapercibido, era como una pedrada a la inteligencia de cualquiera; de cualquiera que la tuviera.
Luego ya sí, saludaba y daba los buenos días. Pero quedaban flotando, haciendo de compañero de baile al asqueroso olor almizclero que supuraba por las paredes. Desde luego no iban dirigidos a mí, pues mi sentido arácnido reaccionaba a la mínima estupidez manteniéndome ajeno a la subnormalidad reinante. Para mí no había más que subnormales contentos por verse esclavizados a puñado de euros la hora por satisfacer las necesidades de otros subnormales de la misma estirpe que sólo se diferenciaban de los primeros por su fortuna. Fortuna como capital montante y sonante y fortuna como suerte divina que les había propiciado su posesión como venida del cielo.
Del cielo parecían provenir la mayoría de privilegios con los que aquí abajo muchos subnormales se regocijan. Por suerte para mí, en aquel sótano modernista, Dios no tenía cabida. Tan ausente estaba en aquella estancia como en los vestuarios de las camareras de piso que más bien parecían una sucesión de imágenes sacadas de una novela de Émile Zola. Sin Dios que mediara en aquel mundo, uno no podría sino alegrarse de habérsele crecido un sentido más que le posibilitaba ejercer su función en aquel teatro sin mancharse demasiado el alma. Podría llamarse cinismo a ese nuevo sentido florecido; desde luego tenía mucha pinta de ello. La subnormalidad latente de la que hacían gala cada uno de los payasos con los que trabajaba me parecía un agravio personal. Tantos años de enseñanza desdeñando cualquier trabajo en grupo para acabar desempeñando un oficio denigrantemente grupal en el que la mierda de responsabilidad que teníamos bajo el brazo, ya ves, dar de comer y de beber a barrigas del todo plenas, se difuminaba a través de los uniformes a rayas. Visto así, ¿cómo es posible que saliera todos los días con la bilis saliéndoseme por la boca? La subnormalidad debía calarme inconsciéntemente transformándose al atravesar mis poros en ridiculez. Me veía como una marioneta de precarios hilos y brillo de odio en los ojos. Enardecido de eficacia. Enajenado de soberbia. ¿Cómo era posible que sintiendo la más absoluta repulsión por el mundo y la parte que me había tocado de él fuera, en cambio, el más dinámico y efectivo de sus engranajes? ¿Cómo era posible que cada una de las más ínfimas payasadas que ocurrían en el devenir de la jornada laboral me supusiera un traumita con el que ir acompañado el resto del día?
domingo, 21 de agosto de 2016
Último primer estadio
Estoy triste.
Estoy enfadado.
Estoy, sobre todo, cansado...
Es injusto que tenga que hacer tanto trabajo para todo. Es injusto que yo tenga que hacer más trabajo que el resto. Es injusto que a mí no me valga lo que a los demás. Es injusto que todos sean subnormales y su retraso me duela. Es injusto que a medida que vivo el vacío que siento se agrande en lugar de reducirse.
Es infinitamente injusto que me sienta mal independientemente de lo que haga. Que sienta las evasiones como lo que son. Que toda mi existencia se haya basado en ellas y que no me sirvan; porque a los demás les sobra y les basta.
Sólo yo sé la verdad. Y esa verdad me aísla. El tener la certeza de que sólo yo lo sé me imposibilita el contacto con los otros. El tener que vestirla de mentira para poder estar en comunidad me destroza. El tener que cubrir lo que yo soy me hiere.
Todo en mí es dolor.
La supervivencia me ha hecho crearme herramientas que pensaba prácticas porque me permitían ser en el mundo, pero es todo una farsa que me permiten visibilizarme a los demás. Visibilizar un producto de mi creación que sólo está relacionado con quien yo soy porque soy su mero creador.
A tenor de los efectos perjudiciales que he ido viendo porque ya no podía ignorarlos he tenido que parar el motor. Y el ensordecedor silencio al pararse el zumbido de la marcha me consume. El vacío se está propagando por todo mi cuerpo. Las voces se hacen eco.
Los problemas que pensé que eran el foco del que emanaba todo el sufrimiento no eran tales. No son más que aderezos personales de algo más profundo. Porque el sustrato de negrura que me ahoga es la cosa más simple del mundo: No sé absolutamente nada de por qué estoy vivo ni qué tengo que hacer con mi estar-vivo.
Ya no tengo certezas, y la caída de las que tenían han mutilado mi capacidad de creer en otras.
No soy más que un autómata herido de dolor para el que la mera existencia es un tortuoso sinsentido.
A veces, como ahora, me odio. Odio no ser capaz de ser feliz, de sentirme pleno. Odio no poder llenarme de nada. Odio encontrar sólo consuelo al compartir mi dolor con los que también lo sufren.
Sólo la hermandad del dolor me sostiene. La hermandad en películas y libros. La hermandad de la música triste. La hermandad con quienes saben la verdad.
Y lo más horrible de todo, es que nunca querría vivir en la mentira. Y esa volición negativa es la causante del malestar que me produce el ser consciente de que todo lo que hacen los demás es evasión. Una evasión que yo ya no puedo usar más porque no he conseguido engañarme.
Y nadie conseguirá nunca engañarme porque ya no puedo creer.
Todo lo que llega a mí se va directamente al fondo del mar revuelto que tengo dentro lleno de cadáveres. Muertos vivientes que se afanan por salir a la superficie y restituirse erigiéndose como tierra firme en la que apoyarme. Pero sus esfuerzos son vanos. El mar está revuelto.
Cada vez más.
Y la tempestad de vivir erosiona el fondo de modo que el progreso es hacia abajo. Cada vez hay más nada. Cada vez hay más negro. Cada vez hay más distancia hasta la superficie.
Estoy enfadado.
Estoy, sobre todo, cansado...
Es injusto que tenga que hacer tanto trabajo para todo. Es injusto que yo tenga que hacer más trabajo que el resto. Es injusto que a mí no me valga lo que a los demás. Es injusto que todos sean subnormales y su retraso me duela. Es injusto que a medida que vivo el vacío que siento se agrande en lugar de reducirse.
Es infinitamente injusto que me sienta mal independientemente de lo que haga. Que sienta las evasiones como lo que son. Que toda mi existencia se haya basado en ellas y que no me sirvan; porque a los demás les sobra y les basta.
Sólo yo sé la verdad. Y esa verdad me aísla. El tener la certeza de que sólo yo lo sé me imposibilita el contacto con los otros. El tener que vestirla de mentira para poder estar en comunidad me destroza. El tener que cubrir lo que yo soy me hiere.
Todo en mí es dolor.
La supervivencia me ha hecho crearme herramientas que pensaba prácticas porque me permitían ser en el mundo, pero es todo una farsa que me permiten visibilizarme a los demás. Visibilizar un producto de mi creación que sólo está relacionado con quien yo soy porque soy su mero creador.
A tenor de los efectos perjudiciales que he ido viendo porque ya no podía ignorarlos he tenido que parar el motor. Y el ensordecedor silencio al pararse el zumbido de la marcha me consume. El vacío se está propagando por todo mi cuerpo. Las voces se hacen eco.
Los problemas que pensé que eran el foco del que emanaba todo el sufrimiento no eran tales. No son más que aderezos personales de algo más profundo. Porque el sustrato de negrura que me ahoga es la cosa más simple del mundo: No sé absolutamente nada de por qué estoy vivo ni qué tengo que hacer con mi estar-vivo.
Ya no tengo certezas, y la caída de las que tenían han mutilado mi capacidad de creer en otras.
No soy más que un autómata herido de dolor para el que la mera existencia es un tortuoso sinsentido.
A veces, como ahora, me odio. Odio no ser capaz de ser feliz, de sentirme pleno. Odio no poder llenarme de nada. Odio encontrar sólo consuelo al compartir mi dolor con los que también lo sufren.
Sólo la hermandad del dolor me sostiene. La hermandad en películas y libros. La hermandad de la música triste. La hermandad con quienes saben la verdad.
Y lo más horrible de todo, es que nunca querría vivir en la mentira. Y esa volición negativa es la causante del malestar que me produce el ser consciente de que todo lo que hacen los demás es evasión. Una evasión que yo ya no puedo usar más porque no he conseguido engañarme.
Y nadie conseguirá nunca engañarme porque ya no puedo creer.
Todo lo que llega a mí se va directamente al fondo del mar revuelto que tengo dentro lleno de cadáveres. Muertos vivientes que se afanan por salir a la superficie y restituirse erigiéndose como tierra firme en la que apoyarme. Pero sus esfuerzos son vanos. El mar está revuelto.
Cada vez más.
Y la tempestad de vivir erosiona el fondo de modo que el progreso es hacia abajo. Cada vez hay más nada. Cada vez hay más negro. Cada vez hay más distancia hasta la superficie.
martes, 27 de octubre de 2015
De caminos y colores.
Y todas las canciones trataban de gente. De gente en relación con otra. Y todas las disciplinas antropológicas -es decir, todas las disciplinas-, versaban sobre el hombre.
Y parecía absurda la idea de posibilidad de cualquier otra que renegara de su misma idiosincrasia.
El yo diluido se dispersaba en el todo de las formas más sutiles e inconscientes posibles. Nuestra persona se despegaba de sí en pos de cualquier contingencia. Y hecha un caldo turbulento debíase aglutinar de nuevo de la manera más provechosa. Porque no sentía las canciones y ninguna disciplina tenía el menor sentido.
Un sonido ensordecedor bramaba de los adentros de aquel líquido; chocaba contra el mundo y su reflejo actuaba de sónar con el que por fin ubicarse. Pero el instrumento parecía atrofiado y sólo llegaba a él una reverberancia que todo lo distorsionaba.
Remolinos y oleaje rizado se formaban en su superficie como efecto de la pulsión interior.
En sus trayectos urbanos focalizaba en el horizonte la inercial intermitencia de los semáforos del rojo al verde. Deambulaba no viendo más que esa consecución de colores en la lejanía, de manera que su pupila difuminaba el gentío próximo a su alrededor.
Sombras oscuras a juego con el cielo plomizo de otoño.
Una canción en bucle le desconectaba de los sonidos mundanos y la atención en la repetición de la secuencia de notas y acordes le evadía de los fonemas de que se componía la letra. Sólo estaba su caminar de piloto automático y el parpadeo verderrojizo de su visión nebulosa.
De verde y de rojo también se vestían los recuerdos que se iban formando al compás de sus pasos. Recuerdos es lo único de lo que sabía alimentarse y eso le impedía generar ninguno nuevo. Así que su imaginación juguetona se entretenía poniendo aquí, quitando allá, un sin fin de matices que rescataba de un lugar donde no existía el color.
Personas y más personas. Y no había nada. Y tampoco había nada más.
La súbita consciencia de su aparente desconexión pareció más bien una broma macabra. El oxígeno no importaba si no había caricias. La sangre podía helarse si no había comprensión con un otro.
La vida se sostenía como por sí misma pues no había nadie al volante. Enfrascado buscando en los archivos hacía tiempo que pasaba los años el piloto. Papeles revueltos tirados por el suelo. Cintas de casette con la bobina por fuera y las puntas quemadas. Filme de película hecho ovillos en cada esquina.
Neurótico en su buscar, anotando cada dato que encontraba relevante. Escribía tan nerviosamente que no eran más que garabatos sin sentido a unos ojos que hubieran recabado en ello. Y mientras, las tripas revueltas. Dolor de cabeza...
Cada noche como en un cine se proyectaba la experiencia diurna vista de manera ajena. Analizaba los personajes y los notaba salados como palomitas de maíz. A veces se ponía aquello que pasaría al día siguiente y la película no era más que una sucesión de hipotéticos aconteceres. Escríbelos también no sea que pares por un momento a estarte quieto. No sea que por una vez te estés quieto para que veas lo que estás haciendo.
Las pupilas cansadas del mismo ejercicio hicieron huelga a la japonesa y se pusieron frenéticas a enfocar absolutamente todo cuanto pasaba. El mundo daba miedo. Tanta desconexión y de repente el mundo. Un mundo mugriento lleno de deficiencias y deficientes.
Y por fin la lluvia. Lluvia calando hasta los huesos. Humedad que helaba el tuétano. El despertar no se hizo esperar. Dagas de escarcha escarlata hacían jirones de su piel. Sangre brotando de cada hendidura. Y las personas, ya ves, sólo veían luces de colores.
Cada sentido tenía su tonalidad. Gama cromática encriptada a la espera de quien la pudiese descifrar. ¿Acaso tendría que ser yo quien lo hiciera? Yo ya no sabía nada.
Una a una había caído cada certeza en su caminar. Se movía a través de las ruinas que en otro tiempo le habían sostenido. Agarrábase a ellas destrozándose las uñas. Más abajo no había nada. Una nada atrayente y paralizante que más de una vez hizo de tormentosa calma terapéutica.
De afiladas aristas cortantes se había erigido el fundamento que debía haber bastado a cualquiera y que, sin embargo, no soportaba ya más.
Una sarta de mentiras bien constituidas formadas al calor de una cultura, un país, una familia...
Alienante sarta de servidumbre que aprisionaba el alma y la moldeaba a su antojo encorsetándola en el agujero con respiradero que tenía asignado por nacimiento. Y ya ves, la gente conseguía respirar. Pintaban durante su experiencia las paredes de vivos murales hechos con una perspectiva engañosa que les daba aparente profundidad. ¿Acaso era así como conseguían respirar?
En un delirio rabioso rasgaste tus paredes y viste el gris de los muros. La luz mortecina que provenía de arriba alumbraba la muerte en vida y te liaste a golpes revolviéndote en tu madriguera solitaria.
Ya no te quedaban uñas; en muñones sanguinolentos se habían convertido.
Ya sólo te quedaba tender el viaje hacia arriba buscando aquella pálida luz.
Ascensión ascética en pos de una catarsis que fundiera tu negro sobre el blanco,
y una vez grisáceo,
llorar desde el cielo calando las solitarias almas muertas desconectadas con la vida.
Y parecía absurda la idea de posibilidad de cualquier otra que renegara de su misma idiosincrasia.
El yo diluido se dispersaba en el todo de las formas más sutiles e inconscientes posibles. Nuestra persona se despegaba de sí en pos de cualquier contingencia. Y hecha un caldo turbulento debíase aglutinar de nuevo de la manera más provechosa. Porque no sentía las canciones y ninguna disciplina tenía el menor sentido.
Un sonido ensordecedor bramaba de los adentros de aquel líquido; chocaba contra el mundo y su reflejo actuaba de sónar con el que por fin ubicarse. Pero el instrumento parecía atrofiado y sólo llegaba a él una reverberancia que todo lo distorsionaba.
Remolinos y oleaje rizado se formaban en su superficie como efecto de la pulsión interior.
En sus trayectos urbanos focalizaba en el horizonte la inercial intermitencia de los semáforos del rojo al verde. Deambulaba no viendo más que esa consecución de colores en la lejanía, de manera que su pupila difuminaba el gentío próximo a su alrededor.
Sombras oscuras a juego con el cielo plomizo de otoño.
Una canción en bucle le desconectaba de los sonidos mundanos y la atención en la repetición de la secuencia de notas y acordes le evadía de los fonemas de que se componía la letra. Sólo estaba su caminar de piloto automático y el parpadeo verderrojizo de su visión nebulosa.
De verde y de rojo también se vestían los recuerdos que se iban formando al compás de sus pasos. Recuerdos es lo único de lo que sabía alimentarse y eso le impedía generar ninguno nuevo. Así que su imaginación juguetona se entretenía poniendo aquí, quitando allá, un sin fin de matices que rescataba de un lugar donde no existía el color.
Personas y más personas. Y no había nada. Y tampoco había nada más.
La súbita consciencia de su aparente desconexión pareció más bien una broma macabra. El oxígeno no importaba si no había caricias. La sangre podía helarse si no había comprensión con un otro.
La vida se sostenía como por sí misma pues no había nadie al volante. Enfrascado buscando en los archivos hacía tiempo que pasaba los años el piloto. Papeles revueltos tirados por el suelo. Cintas de casette con la bobina por fuera y las puntas quemadas. Filme de película hecho ovillos en cada esquina.
Neurótico en su buscar, anotando cada dato que encontraba relevante. Escribía tan nerviosamente que no eran más que garabatos sin sentido a unos ojos que hubieran recabado en ello. Y mientras, las tripas revueltas. Dolor de cabeza...
Cada noche como en un cine se proyectaba la experiencia diurna vista de manera ajena. Analizaba los personajes y los notaba salados como palomitas de maíz. A veces se ponía aquello que pasaría al día siguiente y la película no era más que una sucesión de hipotéticos aconteceres. Escríbelos también no sea que pares por un momento a estarte quieto. No sea que por una vez te estés quieto para que veas lo que estás haciendo.
Las pupilas cansadas del mismo ejercicio hicieron huelga a la japonesa y se pusieron frenéticas a enfocar absolutamente todo cuanto pasaba. El mundo daba miedo. Tanta desconexión y de repente el mundo. Un mundo mugriento lleno de deficiencias y deficientes.
Y por fin la lluvia. Lluvia calando hasta los huesos. Humedad que helaba el tuétano. El despertar no se hizo esperar. Dagas de escarcha escarlata hacían jirones de su piel. Sangre brotando de cada hendidura. Y las personas, ya ves, sólo veían luces de colores.
Cada sentido tenía su tonalidad. Gama cromática encriptada a la espera de quien la pudiese descifrar. ¿Acaso tendría que ser yo quien lo hiciera? Yo ya no sabía nada.
Una a una había caído cada certeza en su caminar. Se movía a través de las ruinas que en otro tiempo le habían sostenido. Agarrábase a ellas destrozándose las uñas. Más abajo no había nada. Una nada atrayente y paralizante que más de una vez hizo de tormentosa calma terapéutica.
De afiladas aristas cortantes se había erigido el fundamento que debía haber bastado a cualquiera y que, sin embargo, no soportaba ya más.
Una sarta de mentiras bien constituidas formadas al calor de una cultura, un país, una familia...
Alienante sarta de servidumbre que aprisionaba el alma y la moldeaba a su antojo encorsetándola en el agujero con respiradero que tenía asignado por nacimiento. Y ya ves, la gente conseguía respirar. Pintaban durante su experiencia las paredes de vivos murales hechos con una perspectiva engañosa que les daba aparente profundidad. ¿Acaso era así como conseguían respirar?
En un delirio rabioso rasgaste tus paredes y viste el gris de los muros. La luz mortecina que provenía de arriba alumbraba la muerte en vida y te liaste a golpes revolviéndote en tu madriguera solitaria.
Ya no te quedaban uñas; en muñones sanguinolentos se habían convertido.
Ya sólo te quedaba tender el viaje hacia arriba buscando aquella pálida luz.
Ascensión ascética en pos de una catarsis que fundiera tu negro sobre el blanco,
y una vez grisáceo,
llorar desde el cielo calando las solitarias almas muertas desconectadas con la vida.
martes, 20 de octubre de 2015
Desafecto.
Precious and fragile things
Need special handling
My god what have we done to you?
Pensasteis que tener un hijo conllevaba ciertas responsabilidades; bien pensado. Que no le faltara sustento, abrigo y techo, ¿Cómo no estar de acuerdo con tanta bondad y sensatez?
Buenos padres con mejores intenciones.
Grandes jardineros preocupados de proveer de agua y tierra al retoño. ¿Faltó un poco de sol, quizá?
La semilla era mala; eso debió ser. Les debieron dar gato por liebre. Ellos esperaban un cactus quizá, y les salió el brote de... lo que sea que fuera aquello...
A medida que crecía el brote se empezaba a observar cómo cambiaba del verde al rosa pálido. Los padres responsables de aquel pequeño se empezaron a preocupar. La búsqueda de suministros para el resto del jardín y para sí mismos no fue obstáculo para que la madre no procurara ayuda; su retoño no crecía como las del resto de la comunidad. Los cactus de las demás ya empezaban a despuntar y el suyo se tornaba fucsia. Observó cómo le crecían pequeñas pequitas que pasaban a ser el germen de florecillas de vivos colores, pero no había puntas por ningún lado.
Eficiente y resolutiva, la preocupada madre optó por pedir consejo al botánico con el que trabajaba en el invernadero. El botánico le hizo llevar a revisión a la plantita y le cortó las flores y le clavó los pinchos a falta de que le crecieran unos propios.
We always try to share
The tenderest of care
Now look what we have put you through...
Lejos de volverse cactus, aquel ser vivo se comenzó a secar. Ni el agua ni el abono le servían. Las heridas de la púas clavadas le despertaron de la inconsciencia y empezó a sentirse y, sobre todo, a sentir a los demás.
Cual girasol se mantenía alerta a ver por dónde venían los rayos para languidecer a la noche enrollándose sobre sí. Secretando una sustancia viscosa que supuraba allí donde le habían herido. Los antaño brotes de pétalos ahora arrancados, se pudrían en su asiento. ¿Qué había pasado? ¿Por qué le habían hecho eso?
Estaba en mitad de un bosque de cactus. En un desierto de vida plena. Debía mimetizarse y hacerse un vestido de cactus si quería sobrevivir en ese ambiente hostil.
Empezó a recoger cualquier cosa afilada que tuviera a mano y se la clavaba para ser el más espinoso.
Se pintó de verde claro que le dejó verde metálico casi negro, tampoco engañaba a nadie...
Y así pasó los años esperando a que le saliesen las esporas y migrar.
Things get damaged
Things get brokem
I thought we'd manage
But words left unspoken
Left us so brittle
There was so little left to give
Angels with silver wings
Shouldn't know suffering
I wish I could take the pain for you
If God has a master plan
That only He understands
I hope it's your eyes He's seeing through
I pray you learn to trust
Have faith in both of us
And keep room in your heart for you
Naturaleza muerta.
Destino de esencias desentendidas.
¿Qué creíais que nacería de aquella simiente?
Proyecto de muerte camuflado vida.
Horror enmascarado en normalidad mimética.
En la plenitud de los dieciocho.
Tantos años malpasados en busca de un vergel de oportunidades y nuevas formas de vida.
Exuberante lo habías imaginado en aquella sequedad que te rodeaba. Tú mismo alimentabas con cada gotita de ilusión aquella utopía idílica de lo que sería la realidad del mundo.
Pobre ingenuo. No puedo sino mirarte con lástima. Única sensación que me produce el efecto de la empatía.
Empatía sí tengo, a saber por qué, ya ves.
Almas de puertas cerradas
con las ventanas abiertas.
Brisa de mar disfrazada
de cazador en retirada.
Sueños varados
Intentos fallidos de fuga
Viejos deseos heridos
Paisajes abandonados
Alma...
Agregado de materia, tiempo, experiencia y azar. Y los dados, ya ves,
ni siquiera me cayeron mal; saltaron del tapete y aún los busco.
Unos primeros inicios proyectando lo que a ti te salía ser desde tu inocente incosciencia. Pensando sin pensar que todo lo que tú eras estaba bien siendo.
Informado por aquellas personas a las que más amabas dejaste de ser aquello porque parece que no se podía. Y tampoco podías ser de la manera usual porque no estaba en ti.
¿Qué salieron en aquellos dados?
Salirse de la partida.
Jugar para sí haciéndose trampas al solitario.
Veías la partida a través de un agujero y memorizabas las jugadas.
Risas,
había risas.
Las risas debían estar.
Compañerismo junto con muchas envidias. Miradas veladas. Cariño y agresiones. Ridículo y orgullo. Líderes y vasallos...
Parecía fácil... ¿Cómo no serlo? ¡Todo el mundo parecía estúpido!
Un juego estúpido jugado por subnormales,
no pasa nada.
Les viste reír, ¿quién no quiere reírse?
Hablaban de amor también. Practicaban los primeros estadios del amor. ¿Cómo sería el amor?
Eso te tenía obsesionado. Ahí debía radicar la importancia de todo porque de otra manera nada tenía sentido.
Y llegaron los dieciocho y viviste la época dorada de tu vida. Más lástima me produces, chaval.
Llegaron las clases universitarias atiborradas de gente inteligente con la que sentirte en comunidad. Con la que poder hablar de todo aquello que te inquietaba e interesaba y que habías tenido que mantener en un discreto monólogo para contigo mismo durante tantos años oscuros.
Llegaron los amigos, madre mía, qué nervios. La primera copa, el primer botellón, el miedo abrasador a no saber qué decir, ni cómo actuar, ni cómo vivir. Pero, eh, recuerda la partida. Y bien recordaste. Y así fue como los días resplandecían de brillo dorado. Empezaste a jugar a vivir y se te daba genial. Empezar a jugar a vivir en el nivel décimo octavo con la experiencia inexistente de incluso agarrar bien los mandos... Pero eras un chico listo. Listísimo. Era lo único que te había salvado hasta entonces y ahora te apoyarías en esa extrema racionalidad tuya tan cuidada y desarrollada. ¿Te dejaron eso, no? Pues perfecto. Ahora cuenta lo de cuando llegaron los tíos. Porque las clases universitarias bien, los amigos bien, pero... ¿Y lo que molaban los tíos? Pues sí, tampoco tanto, como todo lo demás, ya lo sé. Me estaba riendo de ti. Eso te pasó por esa manía de haberlo vestido todo con un traje de tonos dorados y brillantitos. ¿No recordabas lo subnormales que eran los jugadores? ¿Qué pasa, que estando ya tú en la partida se te había olvidado?
Montones de tíos de usar y tirar. El sexo, ya ves. El mayor hito después del primer beso (primer contacto con otro ser humano) que te quedaba por superar y qué desilusión, ¿eh? Pero, oye, era entretenido cuanto menos. Te servía para evitar pensar en ese creciente desasosiego que pretendías obviar fingiendo que no existía pero que, seamos honestos, empezaba a supurar por todas partes. ¿Acaso te estabas cansando de jugar? ¿En serio? ¿Tan pronto? Ya, ya sé que nada era como tú habías creído que era pero ese era tu puto problema del que nadie tenía la culpa. De todas formas todo se arreglaría cuando encontraras a un tío que te quisiera. Que te abrazara y besara. Con el que follar y dormir. Anhelabas eso con tantas ganas que daban ganas de llorar. Hacer de eso tu estrategia de juego sin duda conllevaría el mayor fracaso de una vida llena de fracasos, pero tú qué sabías. Y tal como llegaban los tíos se iban por el mismo camino. Y tú te estabas vaciando. ¿Vaciando de qué si no tenías demasiado dentro? Vaciándote de gilipolleces e ideas preconcebidas que distaban mucho de la realidad, desde luego. E ir cambiándolas una a una por rocas volcánicas negras de aristas cortantes con las que sangrar para adentro.
Venimos del mismo lugar, de un año de mierda, de rabia sexual.
Venimos del mismo lugar: de follar con desconocidos para evitar algunas preguntas que no sé... que no sé contestar.
El juego era una basura. No sabías por qué la gente jugaba pero ahora por fin que lo habías probado podías opinar con conocimiento: aquello era una puta mierda que no tenía ni pies ni cabeza. ¿Para qué se levantaba la gente cada mañana?
En serio.
De verdad...
Nacer, colegio, instituto, universidad, trabajo, muerte. O cualquier otra secuencia análoga con más o menos matices o variaciones insignificantes.
Me imaginé conduciendo en medio de cada viaje igual de asustado con lo que dejaba detrás y lo que había delante.
Llenémoslo con accesorios bonitos si queréis, llenémoslo de sueños realizados, de ilusiones ilusionantes, de estímulos y motivaciones hacia ninguna parte, exacto. Pero bueno, ya que estamos aquí, hagámonos el trayecto agradable, ¿no? Búscate algo que dé algún tipo de sentido a la vida insensata y sobre todo rodéate de gente a la que querer y que te quiera. Bien pensado.
Y... ¡Chan, chan, chan, chan! Adivina qué. ¿Acaso te has visto? ¿Acaso se te ha pasado por la mente echarte un vistazo? ¿Qué te creías, que ya sólo estabas tú, tus decisiones y el mundo?
Recopila, nene, que ya no tienes dieciocho.
Que tu ferocidad me deje huella,
Que ahuyente mi maldad
Y aleje bestias.
Que ponga en su lugar pura inocencia,
La que hoy cubre tu cuerpo,
Sin darte cuenta.
Pero ya no queda nadie alrededor que te sostenga.
Sin lazos que trazar, te quedas fuera.
Respiración y latidos despreocupados por dar vida a un muerto.
Alimentación y sueño sufren tu irresponsabilidad.
Muerto malviviente vagabundeando por la selva.
Errático caminar sorteando zonas soleadas.
Deseoso de alcanzar cualquier ciénaga
Y dejarte succionar...
Que hable sin pensar las consecuencias,
Que digas tu verdad,
aunque lluevan piedras.
Que no pierdas esa fe
Que hoy es eterna,
Esa forma de no ser consciente de ella.
Que tu curiosidad no desaparezca
Y crezca como lo hacen ahora tus piernas,
Las que te llevarán tan lejos como quieras,
Comiéndote la vida a manos llenas.
Pasaste por aquello y pensaste que todo podría ser.
Analizaste la situación, todas las situaciones. La tuya y las de cualquiera.
Pensaste que no era grave, sentiste que sabiéndote ya bastaba. Que eras tú y el mundo.
Que no importaba nada si a ti no te importaba y tus pasos te llevaron a donde fuera.
Bienvenida a casa,
Pequeña gran revolución,
Que con tus pasos marcas un nuevo rumbo
en dirección a nuevas montañas que parecen menos altas
Con cada palabra que nace en tu garganta,
pequeña gran revolución.
Hasta que un día, te tropezaste hacia la nada de nuevo. Desnivel insalvable.
Insalvable.
Insalvable.
Aturdido te arrastraste preguntándote qué huevos pasaba ahora. ¡¿Pero por qué ahora?!
Habías fijado tu propio rumbo. Y parecía saludable. ¿Qué te estabas haciendo de nuevo?
Precaria debía ser la fantasía. La plena consciencia de ello parecía no ser parche suficiente que aguantara las grietas.
La sucesión de tíos no evitaba el ruido. Gastate la evasión de tanto usarla.
Las noches de drogas y sexo dejaron de ser anécdotas graciosas que contar. Dejaron también de ser anecdóticas.
Te venías abajo y ni el consuelo de Zaratustra te apaciguaba el alma.
Que nadie ose jamás fijar tus metas,
Que sepas observar y no ver a quien no debas,
Que aunque me encuentre lejos,
Me sientas cerca.
Que la distancia que hay entre nuestras fuerzas,
Se hará siempre tan ridícula
Y tan pequeña,
Mientras los dos sigamos las mismas estrellas.
Y aunque vueles lejos,
Tan alto que no puedas vernos, te esperamos dentro,
Siempre habrá un techo.
No queda nadie más que espere por ti. Porque nunca hubo nadie que te esperase.
La incomensurable soledad horadando todos los intentos.
Bienvenida a casa.
Insoportable soledad.
Hazle compañía.
Que de su llanto logre volver
Al agua de donde provino un día.
Sal, clávate en sus ojos y hiérele.
Vuélvele ciego para que finalmente deje de sentir ya nada.
lunes, 28 de septiembre de 2015
Ser y siendo.
No sé quién soy.
Me siento ajeno a la comunidad, a la especie y a mí mismo.
Hubo un tiempo en que vivía sustentado sobre fundamentos sólidos. Sobre valores aprehendidos a los que de forma automática e inconsciente di validez. La base de mis creencias constituían el hilo vital que me conectaba con el mundo y con el resto de formas biológicas de que está poblado. Amasijos bien definidos de células que funcionan autónomamente movidas por una fuerza vital que cada cuál ha tratado de definir con toda suerte de vocablos que evocan a conceptos etéreos.
Superestructuras mentales manejan mediante impulsos eléctricos esos cuerpos orgánicos. Partículas indivisibles -se creyó- hacen al mundo moverse. El autoconocimiento de la vida fue abanderado por un conjunto de esos cuerpos legitimado por un difuminado estado-de-ser que surgió de esas células nerviosas: la conciencia que crea individuos y al mismo tiempo comunidad de individuos. Un estado-de-ser que fue elevado desde los albores de su nacimiento a un reino del no-se-sabe. Al no-se-sabe sólo se puede acceder mediante fe. Uno de los infinitos matices que afloran de esa sustancia intangible, inodora, inaudible, insípida e invisible con la que a pesar de lo cual, solemos usar la palabra 'sentir' para referirnos al tipo de percepción que de ella se tiene. Nos sentimos a nosotros mismos, sentimos nuestra identidad y la de los otros.
Y el mundo se movía solo. Y yo me mecía en él. Me llevaba hacia ningún sitio acompañado del resto de errantes.
Usaba mi cuerpo de la forma en que parecía que debía. Cumplía riguroso con sus exigencias y necesidades, y observaba su desarrollo desde sí, pues mi yo emanaba de cada una de sus ínfimas partes. Mi conciencia constituía la voz en off que me dictaba la hoja de ruta que día tras día tenía que seguir. Un instrumento asombroso que hacía frente a cualquier contingencia que acechaba en cada momento y atacaba esa hoja de ruta de modo que continuamente había de modificar. Esas continuas modificaciones y restructuraciones... ese sistema de valores y prioridades que se configuraba con una rapidez vertiginosa, se enriquecía a base del mismo hecho de estar-vivo.
El manejo de las emociones y las pasiones que emanaban del cuerpo creaba un reto formidable para el hambre voraz de desarrollo y autoexploración que mi joven conciencia poseía. La simbiosis que parecía existir entre la cadena de mando y todo el engranaje molecular que dependía de ella era tan perfecta que se mantenía insensible a sí misma. Pero llegó un momento en que algo se rompió. Algo sumamente sutil e igualmente imperceptible hasta ese momento dejó de funcionar. Hubo un momento en que las partes se desligaron y empezaron a producir alteraciones en los inputs que hacían imposible su buena clasificación y procesado. Sus efectos supusieron un nuevo reto para mi conciencia que, en toda su inocencia creyó que no constituían otra cosa más que un nuevo estímulo que debía ser analizado en pos del proceso de autoconocimiento que inexorablemente ocupa su finalidad.
Poco duró esa inocencia.
Estructuras mentales análogas a la mía, entes biológicos conformados por el mismo tipo de células que el mío dispuestas de la misma forma en el ADN, me tomaron como sujeto del que hacerse cargo ante los efectos de las primeras anomalías que percibieron en mí. Aún hoy dudo de la legitimidad de aquella acción continuada durante un tiempo imposible de cuantificar con ninguna acotación de tipo temporal... La dimensión del tiempo fue lo que primero cambió.
Empezaron por reemplazar mis términos; los efectos se convirtieron en síntomas. Las anomalías, lejos de constituir una forma propia de personalidad, pasaron a ser diferenciaciones que había que enfrentar para transformarlas en las socialmente aceptadas y aceptables. Debían homogeneizar mi comportamiento de modo que casara con el del resto a fin de que encajara en el rol de sujeto consciente miembro de la comunidad de sujetos conscientes.
Se metieron dentro de mí a través de sustancias químicas que iban atenazando una a una las conexiones neuronales de mi cerebro. Modificaron la sinapsis. Mi conciencia que primeramente se había rebelado ante la usurpación de sus funciones, acabó por recogerse en un rincón desde el que contemplaba impotente lo que estaba ocurriendo.
Los días se convirtieron en noches. Su llanto inundaba mi existencia y brotaba por mis lagrimales que habían dejado de obedecerme. Mi cuerpo entumecido se notaba pesado, oxidado, dolorido. Se movía cual autómata aquejado de un peso que habría hecho encorvar a Hércules. Deambulaba como una sombra tratando de ejecutar las órdenes que el nuevo juego químico, artificial y ajeno a mi cuerpo le dictaba. Y llegó un momento en que todo se mezcló. Llegó un momento en que asaltaron el rinconcito donde se había recluido mi pequeño y maltrecho yo y lo despedazaron fundiéndolo en un suerte de marioneta vestida de persona mediante un proceso químico endotérmico que me dejó helado desde entonces.
Los días seguían desaparecidos. Las noches seguían siendo un lapso de vivencia tortuosa. La comisura de mis ojos se había secado, desde luego, pero no era producto de un restablecimiento óptimo de funciones, sino de una nueva configuración de estado a-emocional.
Mi yo estaba desaparecido, pero había algo que seguía marcando el curso de mi seguir-existiendo. Algo ajeno. Alienación que posibilitaba que mi cuerpo se levantara. Que interactuara con el resto de sujetos que tenía a mi alrededor. La voz que emanaba de mi cuerpo en esas interlocuciones me era familiar, la notaba mía. No así la voz en off mental que se mantenía ocupada buscando nerviosamente en cada recoveco los restos de lo que yo había sido hasta entonces.
Desaparecieron muchos más aspectos de mi vida esos años que -parece ser- habían quedado supeditados fruto de una decisión correcta, a las meras necesidades básicas de supervivencia de mi cuerpo. La muerte de la risa, junto con las lágrimas, eran un precio a pagar irrisorio por el restablecimiento del apetito. La libido debió perderse también por el camino. Con la conciliación del sueño no supieron hacer nada. El desvelo y la vigilia se habían erigido como garantes de esa autoconservación vital. Y durante las noches embotaban mi cerebro en asuntos vacuos, atiborrándolo de contenido de usar y tirar hasta que el cansancio mental de estar consciente llamaba a un sueño ligero plagado de sombras siniestras, recuerdos mezclados y sueños de estar en la pesadilla de la consciencia.
Y aquel rol que parecía haberme sido asignado en el mundo social seguía sin verse claro. Aquel rol vendido de libertad (a la hora de escoger uno, no de inventar uno) seguía sin valerme. ¿Cómo podría algo valer-me si el pronombre personal adherido al verbo había sido despojado de identidad propia? ¿Qué sabía yo de mí? Yo había dejado de ser.
Eso creí que había pasado.
Hubo un momento en que supe que querrían forzarme a tomar partido de una responsabilidad que se presumía mía. Hubo un momento en que supe que me obligarían a que me levantara de mi rincón y me hiciera cargo del funcionamiento de un cuerpo que antaño reconocía como mío, quería y cuidaba pero que ya no era más que una suma de partes disfuncional que regía sus actos mediante una estudiada y cuidada mímesis.
Entonces me desdoble; creé una copia de lo que todos me dijeron que era, inscribí en su memoria la historia de mi vida hasta entonces y le di cuerda. Lo dejé en aquel rincón a sabiendas de su pronto secuestro y me escabullí por las últimas lágrimas que conseguí llorar.
Ahora todo eso ya ha pasado. Todo es una nebulosa lejana desde donde estoy.
No sé quién soy pero sé que no puedo saberlo. La conciencia de la infinita limitación de mi ser es mi nueva morada. Sólo la dejo para sumergirme de nuevo en aquella otra experiencia pequeña en la que habitaba. Siempre que vuelvo me inunda la melancolía y la compasión, pero antes de quedar atrapado por ellas, doy rápidamente más cuerda al autómata que dejé a cargo de todo y me vuelvo a observar desde arriba qué tal se las arregla.
Me siento ajeno a la comunidad, a la especie y a mí mismo.
Hubo un tiempo en que vivía sustentado sobre fundamentos sólidos. Sobre valores aprehendidos a los que de forma automática e inconsciente di validez. La base de mis creencias constituían el hilo vital que me conectaba con el mundo y con el resto de formas biológicas de que está poblado. Amasijos bien definidos de células que funcionan autónomamente movidas por una fuerza vital que cada cuál ha tratado de definir con toda suerte de vocablos que evocan a conceptos etéreos.
Superestructuras mentales manejan mediante impulsos eléctricos esos cuerpos orgánicos. Partículas indivisibles -se creyó- hacen al mundo moverse. El autoconocimiento de la vida fue abanderado por un conjunto de esos cuerpos legitimado por un difuminado estado-de-ser que surgió de esas células nerviosas: la conciencia que crea individuos y al mismo tiempo comunidad de individuos. Un estado-de-ser que fue elevado desde los albores de su nacimiento a un reino del no-se-sabe. Al no-se-sabe sólo se puede acceder mediante fe. Uno de los infinitos matices que afloran de esa sustancia intangible, inodora, inaudible, insípida e invisible con la que a pesar de lo cual, solemos usar la palabra 'sentir' para referirnos al tipo de percepción que de ella se tiene. Nos sentimos a nosotros mismos, sentimos nuestra identidad y la de los otros.
Y el mundo se movía solo. Y yo me mecía en él. Me llevaba hacia ningún sitio acompañado del resto de errantes.
Usaba mi cuerpo de la forma en que parecía que debía. Cumplía riguroso con sus exigencias y necesidades, y observaba su desarrollo desde sí, pues mi yo emanaba de cada una de sus ínfimas partes. Mi conciencia constituía la voz en off que me dictaba la hoja de ruta que día tras día tenía que seguir. Un instrumento asombroso que hacía frente a cualquier contingencia que acechaba en cada momento y atacaba esa hoja de ruta de modo que continuamente había de modificar. Esas continuas modificaciones y restructuraciones... ese sistema de valores y prioridades que se configuraba con una rapidez vertiginosa, se enriquecía a base del mismo hecho de estar-vivo.
El manejo de las emociones y las pasiones que emanaban del cuerpo creaba un reto formidable para el hambre voraz de desarrollo y autoexploración que mi joven conciencia poseía. La simbiosis que parecía existir entre la cadena de mando y todo el engranaje molecular que dependía de ella era tan perfecta que se mantenía insensible a sí misma. Pero llegó un momento en que algo se rompió. Algo sumamente sutil e igualmente imperceptible hasta ese momento dejó de funcionar. Hubo un momento en que las partes se desligaron y empezaron a producir alteraciones en los inputs que hacían imposible su buena clasificación y procesado. Sus efectos supusieron un nuevo reto para mi conciencia que, en toda su inocencia creyó que no constituían otra cosa más que un nuevo estímulo que debía ser analizado en pos del proceso de autoconocimiento que inexorablemente ocupa su finalidad.
Poco duró esa inocencia.
Estructuras mentales análogas a la mía, entes biológicos conformados por el mismo tipo de células que el mío dispuestas de la misma forma en el ADN, me tomaron como sujeto del que hacerse cargo ante los efectos de las primeras anomalías que percibieron en mí. Aún hoy dudo de la legitimidad de aquella acción continuada durante un tiempo imposible de cuantificar con ninguna acotación de tipo temporal... La dimensión del tiempo fue lo que primero cambió.
Empezaron por reemplazar mis términos; los efectos se convirtieron en síntomas. Las anomalías, lejos de constituir una forma propia de personalidad, pasaron a ser diferenciaciones que había que enfrentar para transformarlas en las socialmente aceptadas y aceptables. Debían homogeneizar mi comportamiento de modo que casara con el del resto a fin de que encajara en el rol de sujeto consciente miembro de la comunidad de sujetos conscientes.
Se metieron dentro de mí a través de sustancias químicas que iban atenazando una a una las conexiones neuronales de mi cerebro. Modificaron la sinapsis. Mi conciencia que primeramente se había rebelado ante la usurpación de sus funciones, acabó por recogerse en un rincón desde el que contemplaba impotente lo que estaba ocurriendo.
Los días se convirtieron en noches. Su llanto inundaba mi existencia y brotaba por mis lagrimales que habían dejado de obedecerme. Mi cuerpo entumecido se notaba pesado, oxidado, dolorido. Se movía cual autómata aquejado de un peso que habría hecho encorvar a Hércules. Deambulaba como una sombra tratando de ejecutar las órdenes que el nuevo juego químico, artificial y ajeno a mi cuerpo le dictaba. Y llegó un momento en que todo se mezcló. Llegó un momento en que asaltaron el rinconcito donde se había recluido mi pequeño y maltrecho yo y lo despedazaron fundiéndolo en un suerte de marioneta vestida de persona mediante un proceso químico endotérmico que me dejó helado desde entonces.
Los días seguían desaparecidos. Las noches seguían siendo un lapso de vivencia tortuosa. La comisura de mis ojos se había secado, desde luego, pero no era producto de un restablecimiento óptimo de funciones, sino de una nueva configuración de estado a-emocional.
Mi yo estaba desaparecido, pero había algo que seguía marcando el curso de mi seguir-existiendo. Algo ajeno. Alienación que posibilitaba que mi cuerpo se levantara. Que interactuara con el resto de sujetos que tenía a mi alrededor. La voz que emanaba de mi cuerpo en esas interlocuciones me era familiar, la notaba mía. No así la voz en off mental que se mantenía ocupada buscando nerviosamente en cada recoveco los restos de lo que yo había sido hasta entonces.
Desaparecieron muchos más aspectos de mi vida esos años que -parece ser- habían quedado supeditados fruto de una decisión correcta, a las meras necesidades básicas de supervivencia de mi cuerpo. La muerte de la risa, junto con las lágrimas, eran un precio a pagar irrisorio por el restablecimiento del apetito. La libido debió perderse también por el camino. Con la conciliación del sueño no supieron hacer nada. El desvelo y la vigilia se habían erigido como garantes de esa autoconservación vital. Y durante las noches embotaban mi cerebro en asuntos vacuos, atiborrándolo de contenido de usar y tirar hasta que el cansancio mental de estar consciente llamaba a un sueño ligero plagado de sombras siniestras, recuerdos mezclados y sueños de estar en la pesadilla de la consciencia.
Y aquel rol que parecía haberme sido asignado en el mundo social seguía sin verse claro. Aquel rol vendido de libertad (a la hora de escoger uno, no de inventar uno) seguía sin valerme. ¿Cómo podría algo valer-me si el pronombre personal adherido al verbo había sido despojado de identidad propia? ¿Qué sabía yo de mí? Yo había dejado de ser.
Eso creí que había pasado.
Hubo un momento en que supe que querrían forzarme a tomar partido de una responsabilidad que se presumía mía. Hubo un momento en que supe que me obligarían a que me levantara de mi rincón y me hiciera cargo del funcionamiento de un cuerpo que antaño reconocía como mío, quería y cuidaba pero que ya no era más que una suma de partes disfuncional que regía sus actos mediante una estudiada y cuidada mímesis.
Entonces me desdoble; creé una copia de lo que todos me dijeron que era, inscribí en su memoria la historia de mi vida hasta entonces y le di cuerda. Lo dejé en aquel rincón a sabiendas de su pronto secuestro y me escabullí por las últimas lágrimas que conseguí llorar.
Ahora todo eso ya ha pasado. Todo es una nebulosa lejana desde donde estoy.
No sé quién soy pero sé que no puedo saberlo. La conciencia de la infinita limitación de mi ser es mi nueva morada. Sólo la dejo para sumergirme de nuevo en aquella otra experiencia pequeña en la que habitaba. Siempre que vuelvo me inunda la melancolía y la compasión, pero antes de quedar atrapado por ellas, doy rápidamente más cuerda al autómata que dejé a cargo de todo y me vuelvo a observar desde arriba qué tal se las arregla.
domingo, 23 de agosto de 2015
Las semillas del huerto.
Y nos montamos por fin en el coche de regreso a casa. Odiaba tener que acompañarle en unas ocupaciones que él se había autoimpuesto porque era un buen hombre que prefería gastar el dinero familiar en un huerto plantado en un pequeño terreno heredado en lugar de en el bar. Eso es lo que me dijo mi madre cuando tuve un arranque de rabia contra él un año antes.
Y yo odiaba tener que acompañarle pero me sentía obligado a ello. Todos nos imponemos cosas a nosotros mismos; la libertad kantiana parece residir ahí: en una moralidad basada en la autoimposición de nuestras acciones. Porque, ya ves, a fin de cuentas no podía reprocharles nada a ninguno. Quizá sólo su indecisión (porque no creo que fuera fruto de un estudiado planteamiento) de darme la vida. Dármela y regármela con comida, techo, ropa y educación pública. ¿Cómo imaginar que tendría más necesidades? Si las tuve debió ser por mis aires de grandeza exacerbados. Y eso no estaba bien... Así que, mira, qué mejor que apagarlos bajo una infancia mediocre y una adolescencia terrible. A fin de cuentas ellos no habían decidido cómo yo debía ser, ni tenían responsabilidad sobre ello. A fin de cuentas sólo yo era responsable de ello y, supongo, de los traumas varios que se gestaron en silencio y que años más tarde tuvieron a bien aparecer en aquel momento en que sentí que me iba a comer el mundo y los días de perro habían quedado atrás.
No estaba muy lejos el cachito de huerto de nuestra casa en el pueblo de al lado. Pero todo trayecto en coche me proporcionaba un poco de paz. Al menos cuando mi padre tenía otras preocupaciones en la cabeza ajenas a mí. Esas veces la batería de canciones de KissFM (siempre las mismas) nos acompañaba. Y todo carecía de importancia de repente. El paisaje se desplazaba con rapidez a través de las ventanillas y la carretera con las canciones acompañándonos me producían la sensación apacible del nunca acabar. Ese momento podía dilatarse todo lo que uno quisiera. Pero como ya he dicho apenas si nos separaban seis o siete kilómetros de casa. Y como aún no he dicho pero sí he recordado, mi padre no tenía en mente otra preocupación que mi pequeña personita. Más pequeña que en los albores de mi vida. Nunca me había sentido más pequeño e indefenso. Y él estaba elucubrando planes para mí. Planes para sacarme del pozo en el que me encontraba y que él nunca se podía haber imaginado. Su empatía le permitió percibirlo pero ¡qué equivocado estaba en cuanto a su profundidad y procedencia! Si por algo se caracterizaba mi padre era por la ausencia de esa empatía en pañales que ahora afloraba. Le daban a uno ganas de llorar. A mí desde luego me dieron ganas de llorar. Me enternecían las palabras aisladas que pronunciaba una vez había apagado la radio -señal inequívoca de que serían unos pocos kilómetros horribles y sin escapatoria-. Me enternecían porque no eran más que la sombra de lo que su cerebro trataba de organizar en un intento por llegar a mí. Por escoger las mejores palabras que pudieran conectar con mi psique y entablar un diálogo real. Pero mi padre era muy, muy torpe con las palabras. Y era muy, muy torpe en cuanto a llegar a las personas. Y no por falta de interés, bueno, no lo sé. Creo que siempre ha sido porque el mundo exterior que le llegaba por los sentidos debía pasar primero por unas estructuras mentales del todo rígidas que él se había formado y que, además de distorsionar la realidad y amoldarla a ellas -como nos pasa a todos- le privaban de toda duda y cuestionamieto, lo cual le situaban en una atalaya de verdad -su verdad- de la que no podía bajar.
Recuerdo de pequeño cómo todo y todos en casa debíamos estar atentos a él, a cómo se había levantado ese día o cómo había venido de la calle o del trabajo. En función de sus modos toscos uno ya podía prever que algo le había agraviado y de ese modo teníamos que actuar en consecuencia. Manteniendo orejas gachas, mirada huidiza, y anteponiendo sus deseos a los de cualquiera para sofocar su temperamento y abortar cualquier conato de violencia verbal o física. ¡Qué sensación más rara cuando empecé a conocer y experimentar el mundo fuera del ambiente familiar descubriendo cómo había otras maneras de vivir! ¡Nunca me había planteado que pudiera haber otras! Y claro, uno compara, y la memoria que para nada es un amasijo de fotogramas estáticos, va transformando los recuerdos y uno ya no se puede fiar ni de sí mismo. Como tampoco puede evitar la frustración y el rencor que crecen como una llama alimentada por bocanadas de oxígeno a medida que uno se hace mayor.
Así que el bueno de mi padre, en su atalaya inexpugnable, atalaya sostenida por cimientos tan sólidos como pueriles, tan duros e indestructibles como escasos en contenido fruto de una vida simple, hacía vanos esfuerzos por llegar a mí. Y yo me entristecía al compás de sus balbuceos. Sentía un dolor muy palpable. Parecía llenarse de vigor a cada latido. Me dolían tanto sus buenas intenciones como sus nulas posibilidades de éxito. Pero me dolía incluso más esa vida simple que era la culpable de su asquerosa seguridad. De su seguridad fundada en la mentira. En la ignorancia infinita. Debería haber una frase antagónica a la solemne "Sólo sé que no sé nada". Mi padre parecía bañarse en ella. Su "sólo sé que sé todo" me daba asco y sólo parecía verlo yo.
Asco, dolor y pena se mezclaban a medida que llegábamos a casa. El nudo en la garganta sólo me dejó pronunciar algún que otro monosílabo manteniendo, sumiso, el hilo de conversación que él solito estaba creando y que yo no tenía fuerzas para sesgar. Y llegamos al garaje. Y el llanto latente amenazaba con desbordar el nudo que por más que intentaba tragar, se mantenía altivo. Y creo recordar que él decía algo sobre empezar una carrera técnica de tres años en la capital de la provincia. Era mucho más barato que estar en el "puto Madrid" que me había pasado por encima. Y ya está, y eso era todo lo que debía bastarme. Un titulito de aparejador y a casa por Navidad a disfrutar de los momentos en familia y bueno, ¡unas risas, y una fraternidad! ¡Y una fiesta luego el treinta y uno de mes con los amigos de siempre! ¡Qué idílico! ¡Qué fantasía, madre de Dios!
La verdad es que no recuerdo bien lo que yo dije. Me acuerdo de que lo que dije lo dije gritando furioso y con lágrimas cayendo por mis mejillas. ¡¿Y ENTONCES QUÉ?! ¡¿ENTONCES HARÉ CASITAS?! ¡¿HARÉ UNIFAMILIARES Y ADOSADOS?! ¡¿ESO ES TODO LO QUE DEBO HACER EN LA VIDA?!
Mi padre cambió el gesto y los modales dulces que nadie se había creído, ni él, ni yo. Y con su cara agria mucho más familiar me dijo que qué coño era lo que quería. Que qué era lo que esperaba yo de la vida. Que si sabía la suerte que tenía de que me pudiera pagar unos estudios...
Le dije que yo ya no esperaba nada. No le dije que estaba destrozado por dentro. No le dije que me pasé dieciocho años tras una mentira, con el anhelo de que todo cambiaría. Que todo empezaría a ir bien una vez saliera de ese agujero de la España profunda. Esa mentira me había mantenido con vida durante muchos años y qué cosas, se despeñó una vez me di cuenta de que el mundo no era como yo me había imaginado. Y yo me fui cabeza abajo arrastrado por ella. El pilar fundamental de lo que había sido mi vida malvivida tantos y tantos años hecho trizas y con él todo lo que yo era. Pero no le dije nada de eso a él. Sólo seguí llorando.
Él me miró con lástima y me dijo que estaba enfermo. Que era demasiado joven para estar así.
Y yo subí rápido a casa por las escaleras buscando frenético las llaves para abrir antes que él y dejarle con sus cosas. Al meterme en mi cuarto habría pasado todo y ya sólo tendría que hacerme frente a mí, sin explicaciones a nadie más. Pero no fue así. Tardaron un rato en entrar. (Rato que aproveché para hacerme un ovillo en la cama escuchando en bucle una melodía de Thomas Newman que tenía por nombre "Angela Undressed" por una película. Una buena película.) Pero entraron al final mi padre con mi madre -que actuaba doblemente: como contrapoder o como refuerzos según la ocasión-. Pero yo ya no tenía ganas de ¿hablar más? Les dije que me dejaran, por favor. Y mi padre empezó a perder los estribos porque -supongo yo- vio que sólo parecía a él importarle mi estado. Que le importaba más que a mí. Supongo que eso fue lo que le enfureció, mi aparente apatía que no era más que el único estado que se me ocurría decoroso en sociedad. Y aunque aún no lo sabía, estaba completamente en lo cierto; a nadie le gusta un lastimoso quejica sin brillo en la mirada al que reír le hace un daño físico.
El caso es que volví a gritar: ¡ESTOY MUY CANSADO! Esta vez sin rabia pero con todo el significado de la palabra 'cansado'. Creo que nunca había estado más cansado en toda mi vida. Lo dije sin rabia, ya ves, pero con el mayor desconsuelo que uno podría imaginar para alguien que nadando en la más espesa y profunda negrura, en la incomprensión más insondable, está cansado de vivir. Está solo. Siempre.
Y yo odiaba tener que acompañarle pero me sentía obligado a ello. Todos nos imponemos cosas a nosotros mismos; la libertad kantiana parece residir ahí: en una moralidad basada en la autoimposición de nuestras acciones. Porque, ya ves, a fin de cuentas no podía reprocharles nada a ninguno. Quizá sólo su indecisión (porque no creo que fuera fruto de un estudiado planteamiento) de darme la vida. Dármela y regármela con comida, techo, ropa y educación pública. ¿Cómo imaginar que tendría más necesidades? Si las tuve debió ser por mis aires de grandeza exacerbados. Y eso no estaba bien... Así que, mira, qué mejor que apagarlos bajo una infancia mediocre y una adolescencia terrible. A fin de cuentas ellos no habían decidido cómo yo debía ser, ni tenían responsabilidad sobre ello. A fin de cuentas sólo yo era responsable de ello y, supongo, de los traumas varios que se gestaron en silencio y que años más tarde tuvieron a bien aparecer en aquel momento en que sentí que me iba a comer el mundo y los días de perro habían quedado atrás.
No estaba muy lejos el cachito de huerto de nuestra casa en el pueblo de al lado. Pero todo trayecto en coche me proporcionaba un poco de paz. Al menos cuando mi padre tenía otras preocupaciones en la cabeza ajenas a mí. Esas veces la batería de canciones de KissFM (siempre las mismas) nos acompañaba. Y todo carecía de importancia de repente. El paisaje se desplazaba con rapidez a través de las ventanillas y la carretera con las canciones acompañándonos me producían la sensación apacible del nunca acabar. Ese momento podía dilatarse todo lo que uno quisiera. Pero como ya he dicho apenas si nos separaban seis o siete kilómetros de casa. Y como aún no he dicho pero sí he recordado, mi padre no tenía en mente otra preocupación que mi pequeña personita. Más pequeña que en los albores de mi vida. Nunca me había sentido más pequeño e indefenso. Y él estaba elucubrando planes para mí. Planes para sacarme del pozo en el que me encontraba y que él nunca se podía haber imaginado. Su empatía le permitió percibirlo pero ¡qué equivocado estaba en cuanto a su profundidad y procedencia! Si por algo se caracterizaba mi padre era por la ausencia de esa empatía en pañales que ahora afloraba. Le daban a uno ganas de llorar. A mí desde luego me dieron ganas de llorar. Me enternecían las palabras aisladas que pronunciaba una vez había apagado la radio -señal inequívoca de que serían unos pocos kilómetros horribles y sin escapatoria-. Me enternecían porque no eran más que la sombra de lo que su cerebro trataba de organizar en un intento por llegar a mí. Por escoger las mejores palabras que pudieran conectar con mi psique y entablar un diálogo real. Pero mi padre era muy, muy torpe con las palabras. Y era muy, muy torpe en cuanto a llegar a las personas. Y no por falta de interés, bueno, no lo sé. Creo que siempre ha sido porque el mundo exterior que le llegaba por los sentidos debía pasar primero por unas estructuras mentales del todo rígidas que él se había formado y que, además de distorsionar la realidad y amoldarla a ellas -como nos pasa a todos- le privaban de toda duda y cuestionamieto, lo cual le situaban en una atalaya de verdad -su verdad- de la que no podía bajar.
Recuerdo de pequeño cómo todo y todos en casa debíamos estar atentos a él, a cómo se había levantado ese día o cómo había venido de la calle o del trabajo. En función de sus modos toscos uno ya podía prever que algo le había agraviado y de ese modo teníamos que actuar en consecuencia. Manteniendo orejas gachas, mirada huidiza, y anteponiendo sus deseos a los de cualquiera para sofocar su temperamento y abortar cualquier conato de violencia verbal o física. ¡Qué sensación más rara cuando empecé a conocer y experimentar el mundo fuera del ambiente familiar descubriendo cómo había otras maneras de vivir! ¡Nunca me había planteado que pudiera haber otras! Y claro, uno compara, y la memoria que para nada es un amasijo de fotogramas estáticos, va transformando los recuerdos y uno ya no se puede fiar ni de sí mismo. Como tampoco puede evitar la frustración y el rencor que crecen como una llama alimentada por bocanadas de oxígeno a medida que uno se hace mayor.
Así que el bueno de mi padre, en su atalaya inexpugnable, atalaya sostenida por cimientos tan sólidos como pueriles, tan duros e indestructibles como escasos en contenido fruto de una vida simple, hacía vanos esfuerzos por llegar a mí. Y yo me entristecía al compás de sus balbuceos. Sentía un dolor muy palpable. Parecía llenarse de vigor a cada latido. Me dolían tanto sus buenas intenciones como sus nulas posibilidades de éxito. Pero me dolía incluso más esa vida simple que era la culpable de su asquerosa seguridad. De su seguridad fundada en la mentira. En la ignorancia infinita. Debería haber una frase antagónica a la solemne "Sólo sé que no sé nada". Mi padre parecía bañarse en ella. Su "sólo sé que sé todo" me daba asco y sólo parecía verlo yo.
Asco, dolor y pena se mezclaban a medida que llegábamos a casa. El nudo en la garganta sólo me dejó pronunciar algún que otro monosílabo manteniendo, sumiso, el hilo de conversación que él solito estaba creando y que yo no tenía fuerzas para sesgar. Y llegamos al garaje. Y el llanto latente amenazaba con desbordar el nudo que por más que intentaba tragar, se mantenía altivo. Y creo recordar que él decía algo sobre empezar una carrera técnica de tres años en la capital de la provincia. Era mucho más barato que estar en el "puto Madrid" que me había pasado por encima. Y ya está, y eso era todo lo que debía bastarme. Un titulito de aparejador y a casa por Navidad a disfrutar de los momentos en familia y bueno, ¡unas risas, y una fraternidad! ¡Y una fiesta luego el treinta y uno de mes con los amigos de siempre! ¡Qué idílico! ¡Qué fantasía, madre de Dios!
La verdad es que no recuerdo bien lo que yo dije. Me acuerdo de que lo que dije lo dije gritando furioso y con lágrimas cayendo por mis mejillas. ¡¿Y ENTONCES QUÉ?! ¡¿ENTONCES HARÉ CASITAS?! ¡¿HARÉ UNIFAMILIARES Y ADOSADOS?! ¡¿ESO ES TODO LO QUE DEBO HACER EN LA VIDA?!
Mi padre cambió el gesto y los modales dulces que nadie se había creído, ni él, ni yo. Y con su cara agria mucho más familiar me dijo que qué coño era lo que quería. Que qué era lo que esperaba yo de la vida. Que si sabía la suerte que tenía de que me pudiera pagar unos estudios...
Le dije que yo ya no esperaba nada. No le dije que estaba destrozado por dentro. No le dije que me pasé dieciocho años tras una mentira, con el anhelo de que todo cambiaría. Que todo empezaría a ir bien una vez saliera de ese agujero de la España profunda. Esa mentira me había mantenido con vida durante muchos años y qué cosas, se despeñó una vez me di cuenta de que el mundo no era como yo me había imaginado. Y yo me fui cabeza abajo arrastrado por ella. El pilar fundamental de lo que había sido mi vida malvivida tantos y tantos años hecho trizas y con él todo lo que yo era. Pero no le dije nada de eso a él. Sólo seguí llorando.
Él me miró con lástima y me dijo que estaba enfermo. Que era demasiado joven para estar así.
Y yo subí rápido a casa por las escaleras buscando frenético las llaves para abrir antes que él y dejarle con sus cosas. Al meterme en mi cuarto habría pasado todo y ya sólo tendría que hacerme frente a mí, sin explicaciones a nadie más. Pero no fue así. Tardaron un rato en entrar. (Rato que aproveché para hacerme un ovillo en la cama escuchando en bucle una melodía de Thomas Newman que tenía por nombre "Angela Undressed" por una película. Una buena película.) Pero entraron al final mi padre con mi madre -que actuaba doblemente: como contrapoder o como refuerzos según la ocasión-. Pero yo ya no tenía ganas de ¿hablar más? Les dije que me dejaran, por favor. Y mi padre empezó a perder los estribos porque -supongo yo- vio que sólo parecía a él importarle mi estado. Que le importaba más que a mí. Supongo que eso fue lo que le enfureció, mi aparente apatía que no era más que el único estado que se me ocurría decoroso en sociedad. Y aunque aún no lo sabía, estaba completamente en lo cierto; a nadie le gusta un lastimoso quejica sin brillo en la mirada al que reír le hace un daño físico.
El caso es que volví a gritar: ¡ESTOY MUY CANSADO! Esta vez sin rabia pero con todo el significado de la palabra 'cansado'. Creo que nunca había estado más cansado en toda mi vida. Lo dije sin rabia, ya ves, pero con el mayor desconsuelo que uno podría imaginar para alguien que nadando en la más espesa y profunda negrura, en la incomprensión más insondable, está cansado de vivir. Está solo. Siempre.
martes, 21 de julio de 2015
Putxet
Una ciudad infestada.
Amalgama de asfalto, cemento y vocerío mezclado con el ruido de bocinas y motores.
Soñaba con encontrar mi hueco propio tal y como cada uno parecía tener el suyo. Y no sé, parecía que no quedaba de eso.
Una ciudad atestada de individuos ausentes.
Los taxistas apuraban los últimos minutos de sueño antes de que la alarma del despertador les instara a arrancar su tan conocido vehículo y comenzar la jornada con una carrera rentable.
Los fruteros subían las persianas metálicas de sus establecimientos y se afanaban en mostrar su mercancía: productos frescos ricos en textura y color.
Jubilados y viudas echaban a andar con las primeras luces del día, ansiosos por salir de la prisión en que se habían convertido sus cálidos hogares. Antaño reductos de paz en la que guarecerse del mundanal ruido, se habían quedado vacíos de voces familiares, risas y llantos dulces de los que acompañan nuestras pequeñas vidas y sus avatares cotidianos. No eran más que esqueletos desnudos ahora; paredes, suelo y techo plagados de recuerdos mudos que sólo eran evocados por la memoria renqueantes de sus solitarios moradores.
Se estaba mejor fuera donde la vida parecía no haberse detenido todavía y el ir y venir de la gente les acompañaba secretamente. Paseaban con ojos vidriosos de tristeza y ternura que clamaban por algo de cariño y finalmente se contentaban con una charla liviana.
Fino y precario era el vínculo que les unía con un mundo que había cambiado demasiado deprisa y no había querido esperarles.
Mundo ajeno y alienante.
Tan hostil que producía heridas profundas e invisibles en el alma de las pequeñas sensibilidades que por decisión o incapacidad habían quedado al margen.
Plutones desviados del ritmo de la órbita general. Lejanos, fríos y oscuros siguen su propia marcha. A veces planeta, a veces asteroide. Socavados hasta las entrañas cual piedra pómez. Duros y muertos. Iluminados sólo por el brillo de los demás astros que aceptaron el orden del mundo para mantenerse equilibrados y calentitos.
Desde el árbol de aquella montaña todo parecía bullir.
Henchida de calor sofocante la ciudad latía exhausta.
A cada parpadeo empezaba a colapsar acompañada de la tenue luz del atardecer.
Laguidecía viscosa como una balsa de aceite cambiando de color según los rayos se iban recogiendo.
Sus habitantes de vidas importantísimas, llenas de un significado vacuo, proseguían con celeridad la cadena de compromisos que ellos mismos se habían esforzado tanto en creer realidad.
Finas y precarias son esas vidas que ojos llorosos de experiencia y soledad parecen los únicos que saben ver.
Miradas llenas de melancolía rememorando aquella vez en que todo tenía sentido y no había tiempo que perder.
Pues todo éramos nosotros.
Cuerpos hambrientos de mundo que aprendían con cada estímulo y bebían de cada efluvio rebosantes de vida.
Que nunca se imaginaban,
Que ellos no eran nada
Y ni siquiera importaba.
Amalgama de asfalto, cemento y vocerío mezclado con el ruido de bocinas y motores.
Soñaba con encontrar mi hueco propio tal y como cada uno parecía tener el suyo. Y no sé, parecía que no quedaba de eso.
Una ciudad atestada de individuos ausentes.
Los taxistas apuraban los últimos minutos de sueño antes de que la alarma del despertador les instara a arrancar su tan conocido vehículo y comenzar la jornada con una carrera rentable.
Los fruteros subían las persianas metálicas de sus establecimientos y se afanaban en mostrar su mercancía: productos frescos ricos en textura y color.
Jubilados y viudas echaban a andar con las primeras luces del día, ansiosos por salir de la prisión en que se habían convertido sus cálidos hogares. Antaño reductos de paz en la que guarecerse del mundanal ruido, se habían quedado vacíos de voces familiares, risas y llantos dulces de los que acompañan nuestras pequeñas vidas y sus avatares cotidianos. No eran más que esqueletos desnudos ahora; paredes, suelo y techo plagados de recuerdos mudos que sólo eran evocados por la memoria renqueantes de sus solitarios moradores.
Se estaba mejor fuera donde la vida parecía no haberse detenido todavía y el ir y venir de la gente les acompañaba secretamente. Paseaban con ojos vidriosos de tristeza y ternura que clamaban por algo de cariño y finalmente se contentaban con una charla liviana.
Fino y precario era el vínculo que les unía con un mundo que había cambiado demasiado deprisa y no había querido esperarles.
Mundo ajeno y alienante.
Tan hostil que producía heridas profundas e invisibles en el alma de las pequeñas sensibilidades que por decisión o incapacidad habían quedado al margen.
Plutones desviados del ritmo de la órbita general. Lejanos, fríos y oscuros siguen su propia marcha. A veces planeta, a veces asteroide. Socavados hasta las entrañas cual piedra pómez. Duros y muertos. Iluminados sólo por el brillo de los demás astros que aceptaron el orden del mundo para mantenerse equilibrados y calentitos.
Desde el árbol de aquella montaña todo parecía bullir.
Henchida de calor sofocante la ciudad latía exhausta.
A cada parpadeo empezaba a colapsar acompañada de la tenue luz del atardecer.
Laguidecía viscosa como una balsa de aceite cambiando de color según los rayos se iban recogiendo.
Sus habitantes de vidas importantísimas, llenas de un significado vacuo, proseguían con celeridad la cadena de compromisos que ellos mismos se habían esforzado tanto en creer realidad.
Finas y precarias son esas vidas que ojos llorosos de experiencia y soledad parecen los únicos que saben ver.
Miradas llenas de melancolía rememorando aquella vez en que todo tenía sentido y no había tiempo que perder.
Pues todo éramos nosotros.
Cuerpos hambrientos de mundo que aprendían con cada estímulo y bebían de cada efluvio rebosantes de vida.
Que nunca se imaginaban,
Que ellos no eran nada
Y ni siquiera importaba.
martes, 5 de mayo de 2015
Nepalí
"Todo lo que se considera superfluo brota de una mente llena hasta la saciedad.
Me hago oscuro al pretender ser breve." Horacio.
"I wanted to write about it all. Everything that happens in a moment. The way the flowers looked when you carried them in your arms. This towel, how it smells, how it feels, this thread. All our feelings, yours and mine. The history of it, who we once were. Everything in the world. Everything all mixed up, like it's all mixed up now. And I failed. I failed. No matter what you start with it ends up being so much less. Sheer fucking pride and stupidity". Michael Cunningham.
Me di cuenta de que me interesaban las personas.
Y nunca nadie me dijo cómo era el mundo.
Y tropecé y me caí. Y cayeron sobre mí los escombros del edificio quebrado que había construido hasta entonces.
Y en vez de luchar por quitármelos de encima, hice de ellos mi hogar pues era todo cuanto yo conocía.
Me sentí incapaz de desecharlo. Habría sido como desdeñar todo cuanto yo había sido; despojarme de mí sin tener otro yo de recambio.
Me sentí arropado y calentito entre mis ruinas. Y según se me acababa el aire de los recovecos a cada bocanada, me fue imposible no tomar la indecisión -pues fue involuntaria- de seguir viviendo. Y comencé a erigir un nuevo baluarte entorno a mí con los materiales precarios que no me sirvieron ya la primera vez (tampoco tenía ninguno más).
Así fue cómo sobre los cimientos destrozados tomé de nuevo el camino hacia arriba, sabiéndome abocado a un nuevo derrumbe cuyo inminente colapso ansiaba con la añoranza de lo familiar.
Me hago oscuro al pretender ser breve." Horacio.
"I wanted to write about it all. Everything that happens in a moment. The way the flowers looked when you carried them in your arms. This towel, how it smells, how it feels, this thread. All our feelings, yours and mine. The history of it, who we once were. Everything in the world. Everything all mixed up, like it's all mixed up now. And I failed. I failed. No matter what you start with it ends up being so much less. Sheer fucking pride and stupidity". Michael Cunningham.
Me di cuenta de que me interesaban las personas.
Y nunca nadie me dijo cómo era el mundo.
Y tropecé y me caí. Y cayeron sobre mí los escombros del edificio quebrado que había construido hasta entonces.
Y en vez de luchar por quitármelos de encima, hice de ellos mi hogar pues era todo cuanto yo conocía.
Me sentí incapaz de desecharlo. Habría sido como desdeñar todo cuanto yo había sido; despojarme de mí sin tener otro yo de recambio.
Me sentí arropado y calentito entre mis ruinas. Y según se me acababa el aire de los recovecos a cada bocanada, me fue imposible no tomar la indecisión -pues fue involuntaria- de seguir viviendo. Y comencé a erigir un nuevo baluarte entorno a mí con los materiales precarios que no me sirvieron ya la primera vez (tampoco tenía ninguno más).
Así fue cómo sobre los cimientos destrozados tomé de nuevo el camino hacia arriba, sabiéndome abocado a un nuevo derrumbe cuyo inminente colapso ansiaba con la añoranza de lo familiar.
sábado, 4 de abril de 2015
La soledad de los estancos
Todo apunta a que con el paso del tiempo, inconscientemente, estoy creándome un yo paralelo que a la vez es mi yo más personal y diferenciado.
Voy llenándole de contenido para satisfacer las distintas necesidades que me van saliendo a medida que vivo. Pero parece ser que se trata de un yo estanco que se nutre del exterior mediante una capa osmótica que filtra aquello de lo que tiene hambre y no deja sacar fuera el limo producto del cocinado interno.
Entre la carcasa que contiene mi yo y el mundo exterior se manifiesta mi forma biológica predeterminada y azarosa. Dispone de todas las características y herramientas de que se le ha dotado y está recubierto de una membrana hipersensorial con la que se relaciona con el mundo.
Esa masa celuloide se llama Víctor. Mi yo está condicionado por él y él es a la vez como yo quiero que sea. Pero ni él es yo ni yo soy él.
En el mundo existen multitud de víctores que suelen tener nombres diferentes y aspectos diferentes. Todos se relacionan entre sí mediante la capa sensorial que les engloba. Nadie nunca sabe qué y cómo es el recipiente que van llenando hasta que su estar-vivo colapsa.
Pocos conocen el suyo propio.
Algunos ni siquiera lo llenan de nada.
viernes, 27 de febrero de 2015
Rabia. Sexo. Embotamiento mental.
Rabia. Sexo. Embotamiento mental.
Migas en el colchón.
Botellas vacías rodando por el suelo.
Un miembro entumecido, me estiro y choco contra el ordenador. Lo aparto de un golpe y me hago daño. Y me clavo la maraña de cables que lo separan del enchufe. Y me levanto bruscamente, y me cago en su puta madre. Y lo desenchufo de la pared, y tiro los cables a tomar por culo, y el cojín del sofá. Y pongo el ordenador bajo la cama, eso ya con cierta suavidad.
Y ya de paso me levanto a mear, y cierro aún más las contraventanas antes de que amanezca. Y vuelvo a dormirme en mi lado hundido y calentito de siempre. Y ya no hay nada más allá de mí mismo que me incomode. Y ahora ya sólo me incomodo yo. Y me duele todo. En todas las posiciones. Y pienso:
Disocio emociones para guardarlas en compartimentos estancos por practicidad.
Si se me pone dura me busco un polvo. Si me ablando saco a mano recuerdos de otra época en la que aún no me había endurecido.
Si me aburro echo en falta relaciones de otro tiempo que ya no será más. Y me echo en cara no dedicar tiempo a cultivar unas nuevas. Pero es que normalmente no me apetece.
Acabo llegando a la conclusión de que no me sale a cuenta el esfuerzo de combatir la pereza social durante todo el año para unos pocos días de tiempo libre y apetencia de risas y cervezas. Así que abro la pestaña de elpaís.com y lo leo, y me entretengo a lo Winston Smith leyendo los mensajitos del Ministerio de la Verdad que le iban llegando. Y sigo con eldiarioes, y cuando lo gasto abro público. Y sí, a veces toca elmundo, qué le vamos a hacer, pero es que ya me la he pelado y ya me he comido un yogur con bífidus.
Y recuerdo cómo es eso de quedar con gente. Y quedo y mi yo se abstrae y hace chas y aparece a mi lado. Y me mira y me critica. Y se mofa de mí diciéndome que qué hago con el pavo ese. Y mientras yo emito sonidos articulados como lo haría un fonógrafo orgulloso de su automatismo, él sigue observando con una mueca de asco en la boca. Que qué hago con ese pavo sigue diciéndome. Y consigue que me dé asco (yo, el pavo ya me lo daba; no necesitaba de mecanismos mentales elevados para darme cuenta de eso). Pero yo trago con eso y con más cosas. Pobre de mí si no hubiera aprendido ya a estas alturas de la vida a tragar.
Y ahí sigo, hablando de lo independiente que parece el subnormal con el que estoy compartiendo la mesa en la terraza de un bar. Lo mayor que es que se puso a trabajar con dieciséis años y lleva en Barcelona ocho, y ha vivido en una decena de pisos ya de lo independiente y mayor que es. Y que claro, que ya que trabaja, pues si quiere dedicar la mitad de lo que gana a comprarse ropa, pues que por qué no habría de hacerlo. Que él se lo gana y él se lo gasta en lo que quiere. Lo que pasa es que a veces tiene que pedir dinero a su madre porque no le llega. Pero también es mayor por pedirle dinero a su madre. Que es como muy de niñato el orgullo ese ridículo de no pedir ayuda. Que él lo pasó muy mal en Canarias y que pidió ayuda y que mira dónde está ahora. Con una gran sonrisa me lo decía y una pierna encima de la otra haciéndola bailar rítmicamente mientras con un gesto de autosuficiencia, condescendencia y amaneramiento pedía otra clara a la china que regentaba el bar.
A mi yo que me veía desde arriba debieron entrarle ganas de mear porque de mi boca salieron esas palabras excusándome. Y me bebí de un trago lo que quedaba de mi cerveza y me metí dentro del bar. Y pagué a la china del bar y salí por la puerta opuesta a la terraza en dirección a la estación del Bicing.
Y ya ves, recargando unas veces la pestaña de mi cuenta del banco, otras la de monUB, otras la de elpais en busca de más noticias y otras la de los geolocalizadores de las aplicaciones de búsqueda de polvos, se me pasa el tiempo. Porque es como un equilibrio exquisito. Porque leer no puedo; también cual fonógrafo leo. Leo con mi voz mental la sucesión de palabras mientras mi yo se me vuelve a poner al lado a mirarme tirado en la cama. A veces me trae recuerdos, ya ves, para entretenerme (la mayoría del tiempo para torturarme). Y otras sólo me mira y me juzga silenciosamente. Pero en sus ojos leo todo lo que me dice calladamente.
Él es quien me proporciona la barra en la que me mido. Los valores también los pone él. Y el peso que ellos tienen en función de su trillada experiencia y subjetividad. Siempre acaban pesando aquellos que, por exceso o por defecto, tengo atrofiados.
Yo es que conmigo nunca gano. Siempre juego pero nunca gano. Y a veces a uno le dan ganas de mandarme a tomar por culo. ¡Cómo no me voy a dejar! ¡Pero si es que me doy pereza!
Migas en el colchón.
Botellas vacías rodando por el suelo.
Un miembro entumecido, me estiro y choco contra el ordenador. Lo aparto de un golpe y me hago daño. Y me clavo la maraña de cables que lo separan del enchufe. Y me levanto bruscamente, y me cago en su puta madre. Y lo desenchufo de la pared, y tiro los cables a tomar por culo, y el cojín del sofá. Y pongo el ordenador bajo la cama, eso ya con cierta suavidad.
Y ya de paso me levanto a mear, y cierro aún más las contraventanas antes de que amanezca. Y vuelvo a dormirme en mi lado hundido y calentito de siempre. Y ya no hay nada más allá de mí mismo que me incomode. Y ahora ya sólo me incomodo yo. Y me duele todo. En todas las posiciones. Y pienso:
Disocio emociones para guardarlas en compartimentos estancos por practicidad.
Si se me pone dura me busco un polvo. Si me ablando saco a mano recuerdos de otra época en la que aún no me había endurecido.
Si me aburro echo en falta relaciones de otro tiempo que ya no será más. Y me echo en cara no dedicar tiempo a cultivar unas nuevas. Pero es que normalmente no me apetece.
Acabo llegando a la conclusión de que no me sale a cuenta el esfuerzo de combatir la pereza social durante todo el año para unos pocos días de tiempo libre y apetencia de risas y cervezas. Así que abro la pestaña de elpaís.com y lo leo, y me entretengo a lo Winston Smith leyendo los mensajitos del Ministerio de la Verdad que le iban llegando. Y sigo con eldiarioes, y cuando lo gasto abro público. Y sí, a veces toca elmundo, qué le vamos a hacer, pero es que ya me la he pelado y ya me he comido un yogur con bífidus.
Y recuerdo cómo es eso de quedar con gente. Y quedo y mi yo se abstrae y hace chas y aparece a mi lado. Y me mira y me critica. Y se mofa de mí diciéndome que qué hago con el pavo ese. Y mientras yo emito sonidos articulados como lo haría un fonógrafo orgulloso de su automatismo, él sigue observando con una mueca de asco en la boca. Que qué hago con ese pavo sigue diciéndome. Y consigue que me dé asco (yo, el pavo ya me lo daba; no necesitaba de mecanismos mentales elevados para darme cuenta de eso). Pero yo trago con eso y con más cosas. Pobre de mí si no hubiera aprendido ya a estas alturas de la vida a tragar.
Y ahí sigo, hablando de lo independiente que parece el subnormal con el que estoy compartiendo la mesa en la terraza de un bar. Lo mayor que es que se puso a trabajar con dieciséis años y lleva en Barcelona ocho, y ha vivido en una decena de pisos ya de lo independiente y mayor que es. Y que claro, que ya que trabaja, pues si quiere dedicar la mitad de lo que gana a comprarse ropa, pues que por qué no habría de hacerlo. Que él se lo gana y él se lo gasta en lo que quiere. Lo que pasa es que a veces tiene que pedir dinero a su madre porque no le llega. Pero también es mayor por pedirle dinero a su madre. Que es como muy de niñato el orgullo ese ridículo de no pedir ayuda. Que él lo pasó muy mal en Canarias y que pidió ayuda y que mira dónde está ahora. Con una gran sonrisa me lo decía y una pierna encima de la otra haciéndola bailar rítmicamente mientras con un gesto de autosuficiencia, condescendencia y amaneramiento pedía otra clara a la china que regentaba el bar.
A mi yo que me veía desde arriba debieron entrarle ganas de mear porque de mi boca salieron esas palabras excusándome. Y me bebí de un trago lo que quedaba de mi cerveza y me metí dentro del bar. Y pagué a la china del bar y salí por la puerta opuesta a la terraza en dirección a la estación del Bicing.
Y ya ves, recargando unas veces la pestaña de mi cuenta del banco, otras la de monUB, otras la de elpais en busca de más noticias y otras la de los geolocalizadores de las aplicaciones de búsqueda de polvos, se me pasa el tiempo. Porque es como un equilibrio exquisito. Porque leer no puedo; también cual fonógrafo leo. Leo con mi voz mental la sucesión de palabras mientras mi yo se me vuelve a poner al lado a mirarme tirado en la cama. A veces me trae recuerdos, ya ves, para entretenerme (la mayoría del tiempo para torturarme). Y otras sólo me mira y me juzga silenciosamente. Pero en sus ojos leo todo lo que me dice calladamente.
Él es quien me proporciona la barra en la que me mido. Los valores también los pone él. Y el peso que ellos tienen en función de su trillada experiencia y subjetividad. Siempre acaban pesando aquellos que, por exceso o por defecto, tengo atrofiados.
Yo es que conmigo nunca gano. Siempre juego pero nunca gano. Y a veces a uno le dan ganas de mandarme a tomar por culo. ¡Cómo no me voy a dejar! ¡Pero si es que me doy pereza!
domingo, 11 de enero de 2015
De una encina pequeña que se llamaba Chaparro.
El dolor es producto de razón e instinto de supervivencia. Qué tristeza de repente.
Un arbolito que crece torcido porque su entorno no le permitió crecer bien. Y sigue creciendo porque no puede hacer otra cosa. Y cuando ya no hay nada que le impide crecer recto, la inercia de sus inicios puede más que su deseo, y tira de él haciendo que se escore.
Hunde profundas sus raíces donde nadie pueda verlas para sostenerse. Lo hace por la noche y muy despacito para evitar que sepan que quiere enderezarse, por si acaso no lo logra, poder aún decir que no lo hace porque no quiere.
Una noche empezó a molestar a los topillos de tan dentro en la tierra que avanzaba.
Se le pusieron en su contra.
Ejércitos de hormigas sacaron sus tropas hostigándole para que retrocediera.
Sin querer, había despertado a las alimañas nocturnas.
Las ratas de campo devoraban sus raíces blancas y las yemas tiernas apenas habían asomado.
El arbolito palidecía.
Empezaba a comprender que ya no podría tender más hacia la luz, acabaría derribado de tan torcido que se hallaba.
Contemplando el bosque a su alrededor no veía un sólo árbol en el que apoyarse para mantenerse en pie. Sólo una masa uniforme y monótona de verde desesperanza.
Pasaron largas estaciones por su corteza. Cada una de las cuales marchitó sus mejores hojas de modo que ya no tenía fuerzas para hacerse crecer más.
Se ahogaba poco a poco mientras miraba apesadumbrado el horizonte al atardecer.
Cuando apenas le quedaba ya nada dentro y era poco más que cuerpo inerte,
sombra y silueta en la hojarasca,
se dejó morir.
Y su morir duró mil años.
Y se derrumbó una noche carcomido por dentro.
Y no se oyó un ruido porque no hubo nadie allí que escuchara.
Y su tronco se pudre fundiéndose con lo demás.
El mundo a su alrededor se nutre de la tragedia.
Los pájaros azules ya no tienen dónde posarse.
Un arbolito que crece torcido porque su entorno no le permitió crecer bien. Y sigue creciendo porque no puede hacer otra cosa. Y cuando ya no hay nada que le impide crecer recto, la inercia de sus inicios puede más que su deseo, y tira de él haciendo que se escore.
Hunde profundas sus raíces donde nadie pueda verlas para sostenerse. Lo hace por la noche y muy despacito para evitar que sepan que quiere enderezarse, por si acaso no lo logra, poder aún decir que no lo hace porque no quiere.
Una noche empezó a molestar a los topillos de tan dentro en la tierra que avanzaba.
Se le pusieron en su contra.
Ejércitos de hormigas sacaron sus tropas hostigándole para que retrocediera.
Sin querer, había despertado a las alimañas nocturnas.
Las ratas de campo devoraban sus raíces blancas y las yemas tiernas apenas habían asomado.
El arbolito palidecía.
Empezaba a comprender que ya no podría tender más hacia la luz, acabaría derribado de tan torcido que se hallaba.
Contemplando el bosque a su alrededor no veía un sólo árbol en el que apoyarse para mantenerse en pie. Sólo una masa uniforme y monótona de verde desesperanza.
Pasaron largas estaciones por su corteza. Cada una de las cuales marchitó sus mejores hojas de modo que ya no tenía fuerzas para hacerse crecer más.
Se ahogaba poco a poco mientras miraba apesadumbrado el horizonte al atardecer.
Cuando apenas le quedaba ya nada dentro y era poco más que cuerpo inerte,
sombra y silueta en la hojarasca,
se dejó morir.
Y su morir duró mil años.
Y se derrumbó una noche carcomido por dentro.
Y no se oyó un ruido porque no hubo nadie allí que escuchara.
Y su tronco se pudre fundiéndose con lo demás.
El mundo a su alrededor se nutre de la tragedia.
Los pájaros azules ya no tienen dónde posarse.
lunes, 17 de noviembre de 2014
El viaje de ¿retorno? y primavera.
Camino de vuelta estoy; he ido al campo unos días. Todo apunta a que he conseguido perdonar a mis padres toda aquella culpa que legítimamente o no, les atribuía.
Estudio poco, por no decir nada, y mal; muy mal.
Tiempo convulso de Navidad he pasado. Y maltrato de vida he pasado.
He llorado. He sentido apatía de vivir e indiferencia por todos.
Me he endurecido a base de endulzar mi fachada.
Me creo ahora poseedor de existencia apacible. Circunstancial y finita como todo lo que vamos sintiendo a medida que nuestro corazón pulsiona y nuestros pulmones suspiran.
Oleadas de odio y malestar amenazan a veces con destruir mi playa; de finos sedimentos que han ido arrastrando los años se alimenta. Moldeada por lo mares de lágrimas que braman y arañan mis costas contempla el tiempo casi palpable.
Podría enumerar mis logros en una sucesión de nombres y descripciones:
Vivo solo en el centro de la ciudad.
Tengo trabajo fijo que me sustenta.
Estudio una carrera que me gusta.
Tengo amigos.
Tengo novio.
Y parecería idílico si me meciera en las aguas de los valores compartidos. Si hubiese ido a parar al cauce que me esperaba antes del mar.
En cambio sigo habitando en el arrollo serpenteante.
Inconstante es su caudal.
Por subidas y bajadas chapoteo.
Temeroso de perderme y estallar en llanto que riegue un campo yermo, me revuelvo y me hundo en aguas subterráneas.
Porque también podría decir que:
Vivo en una ciudad donde no deseo vivir.
La trivialidad de mi trabajo me desespera y llena de impotencia.
Me duele estudiar lo que estudio pero más me duele no hacerlo.
Tengo muchos conocidos con los que no he logrado pasar de una charla amena sobre lo cotidiano.
Tengo un novio al que aprecio pero no quiero.
Me asomo a la superficie a que el sol temple mis ánimos con miedo a que seque mi porvenir.
Por oscuros y tenebrosos valles me adentro. Infectos de criaturas perniciosas que me seducen cual sirenas y me hacen tropezar.
A enormes llanuras van a parar mis aguas. Inspiradoras de la más horrible soledad.
Monotonía en toda la amplitud del mundo. Sólo vienen insectos a revolotear.
Siento la vibración del tren.
Los túneles de sus vías podrían cambiar mi vertiente. Supuro por sus paredes curvas.
El trayecto de sus idas y venidas me molesta.
Me escurro por la pendiente hacia abajo.
¡No será este mi aquí! ¡No será este mi mar!
Llego a mi destino lleno de lugares donde abastecer mis vicios. Me espera un embotamiento mental autoinducido y una tos perpetua.
Llanuras, valles y barrancos he dejado atrás.
Grisáceos se tornan mis ahoras.
Un fundido negro acompañado de carcajadas me mantendrá frío en relaciones y periodo estival.
Una ciega desconexión para no sentir, no tocar; ni ver, ni oler, ni escuchar, todo aquello que se sucede a mi alrededor y de lo que no quiero participar.
Estudio poco, por no decir nada, y mal; muy mal.
Tiempo convulso de Navidad he pasado. Y maltrato de vida he pasado.
He llorado. He sentido apatía de vivir e indiferencia por todos.
Me he endurecido a base de endulzar mi fachada.
Me creo ahora poseedor de existencia apacible. Circunstancial y finita como todo lo que vamos sintiendo a medida que nuestro corazón pulsiona y nuestros pulmones suspiran.
Oleadas de odio y malestar amenazan a veces con destruir mi playa; de finos sedimentos que han ido arrastrando los años se alimenta. Moldeada por lo mares de lágrimas que braman y arañan mis costas contempla el tiempo casi palpable.
Podría enumerar mis logros en una sucesión de nombres y descripciones:
Vivo solo en el centro de la ciudad.
Tengo trabajo fijo que me sustenta.
Estudio una carrera que me gusta.
Tengo amigos.
Tengo novio.
Y parecería idílico si me meciera en las aguas de los valores compartidos. Si hubiese ido a parar al cauce que me esperaba antes del mar.
En cambio sigo habitando en el arrollo serpenteante.
Inconstante es su caudal.
Por subidas y bajadas chapoteo.
Temeroso de perderme y estallar en llanto que riegue un campo yermo, me revuelvo y me hundo en aguas subterráneas.
Porque también podría decir que:
Vivo en una ciudad donde no deseo vivir.
La trivialidad de mi trabajo me desespera y llena de impotencia.
Me duele estudiar lo que estudio pero más me duele no hacerlo.
Tengo muchos conocidos con los que no he logrado pasar de una charla amena sobre lo cotidiano.
Tengo un novio al que aprecio pero no quiero.
Me asomo a la superficie a que el sol temple mis ánimos con miedo a que seque mi porvenir.
Por oscuros y tenebrosos valles me adentro. Infectos de criaturas perniciosas que me seducen cual sirenas y me hacen tropezar.
A enormes llanuras van a parar mis aguas. Inspiradoras de la más horrible soledad.
Monotonía en toda la amplitud del mundo. Sólo vienen insectos a revolotear.
Siento la vibración del tren.
Los túneles de sus vías podrían cambiar mi vertiente. Supuro por sus paredes curvas.
El trayecto de sus idas y venidas me molesta.
Me escurro por la pendiente hacia abajo.
¡No será este mi aquí! ¡No será este mi mar!
Llego a mi destino lleno de lugares donde abastecer mis vicios. Me espera un embotamiento mental autoinducido y una tos perpetua.
Llanuras, valles y barrancos he dejado atrás.
Grisáceos se tornan mis ahoras.
Un fundido negro acompañado de carcajadas me mantendrá frío en relaciones y periodo estival.
Una ciega desconexión para no sentir, no tocar; ni ver, ni oler, ni escuchar, todo aquello que se sucede a mi alrededor y de lo que no quiero participar.
jueves, 13 de noviembre de 2014
Conversaciones ajenas para mojar con el café.
«Se trata de una persona muy sensible; muy inteligente; y que, al mismo tiempo -quizá sea percepción personal mía desde fuera-, muy destructivo consigo mismo.
Pero a veces pienso -cuando hago memoria de las veces que he estado en Oporto y Lisboa- que se toman cantidades ingentes de alcohol y ansiolíticos, de manera que no sabía decir si son culturales o personales esos aspectos psicológicos de João.»
Pero a veces pienso -cuando hago memoria de las veces que he estado en Oporto y Lisboa- que se toman cantidades ingentes de alcohol y ansiolíticos, de manera que no sabía decir si son culturales o personales esos aspectos psicológicos de João.»
jueves, 30 de octubre de 2014
Nostalgia de vivir.
Nostalgia de vivir.
Para en el momento en que la nostalgia no te deje continuar.
Pues aun cuando se nos presenta como dulce bálsamo,
también pegajosa y traicionera se torna.
A medida que pasa el tiempo los recuerdos se apelotonan atrás.
Y parecen moverse buscando un lugar más cómodo;
parecen vibrar hasta asentarse.
Apenas si tenemos control sobre ellos;
quizá sólo cuando están frescos.
Se anquilosan y esperan.
Y se piensan y se maceran.
Y acaban fermentanto,
destilando un licor suave que los impregna por completo.
De manera que al reparar en ellos no puedes sino saborearlos.
¡Y ya lo creo si son suaves!
No hay más que ver cómo suavizan nuestras facciones.
También tienen la virtud de los licores fuertes; calientan el cuerpo.
Y cuando caemos en tal embargo, nos han dominado.
Quedamos a merced de ellos.
Y perdemos la actitud crítica con la que hicimos frente a paisajes y rostros.
Y los días más aciagos se vuelven portugueses.
Los envuelve un halo de encanto.
Luz trémula los ilumina,
melodías de piano los acompañan.
La tristeza se vuelve bella y las lágrimas dulces.
Parece que el dolor es sólo presente.
Que las sensaciones, dependiendo de su tipología, deciden dónde esperarnos
pues no pueden vivir en cualquier cuando.
La esperanza es futura, la nostalgia lejana y el dolor es ahora.
No nos queda sino disfrutar de este dolor que nos hace movernos y nos espolea a vivir.
¿Acaso acabaríamos echándolo de menos en caso de muerte?
Dolor como sustrato de vivir.
Dolor como medida de todas las cosas para esperar que cambien en otras.
O compararlas,
borrachos de nostalgia,
con todas las anteriores maldiciendo las ahoras.
Para en el momento en que la nostalgia no te deje continuar.
Pues aun cuando se nos presenta como dulce bálsamo,
también pegajosa y traicionera se torna.
A medida que pasa el tiempo los recuerdos se apelotonan atrás.
Y parecen moverse buscando un lugar más cómodo;
parecen vibrar hasta asentarse.
Apenas si tenemos control sobre ellos;
quizá sólo cuando están frescos.
Se anquilosan y esperan.
Y se piensan y se maceran.
Y acaban fermentanto,
destilando un licor suave que los impregna por completo.
De manera que al reparar en ellos no puedes sino saborearlos.
¡Y ya lo creo si son suaves!
No hay más que ver cómo suavizan nuestras facciones.
También tienen la virtud de los licores fuertes; calientan el cuerpo.
Y cuando caemos en tal embargo, nos han dominado.
Quedamos a merced de ellos.
Y perdemos la actitud crítica con la que hicimos frente a paisajes y rostros.
Y los días más aciagos se vuelven portugueses.
Los envuelve un halo de encanto.
Luz trémula los ilumina,
melodías de piano los acompañan.
La tristeza se vuelve bella y las lágrimas dulces.
Parece que el dolor es sólo presente.
Que las sensaciones, dependiendo de su tipología, deciden dónde esperarnos
pues no pueden vivir en cualquier cuando.
La esperanza es futura, la nostalgia lejana y el dolor es ahora.
No nos queda sino disfrutar de este dolor que nos hace movernos y nos espolea a vivir.
¿Acaso acabaríamos echándolo de menos en caso de muerte?
Dolor como sustrato de vivir.
Dolor como medida de todas las cosas para esperar que cambien en otras.
O compararlas,
borrachos de nostalgia,
con todas las anteriores maldiciendo las ahoras.
lunes, 2 de junio de 2014
Nacionalismo económico/Nacionalismo cultural en Cataluña.
-Derecho a referéndum y autodeterminación: Sí. Democracia.
1. Partidarios de la independencia por razones económicas: CIU
Datos objetivos.
Argumentos en contra:
http://www.eldiario.es/alternativaseconomicas/saldo_fiscal-Catalunya_6_266733340.html
2. Partidarios por sentimiento de pertenencia a una comunidad con cultura propia: ERC
Datos subjetivos.
¿Por qué el deseo de un autogobierno? ¿Mejores condiciones de vida?
Los valores universales de la izquierda están completamente enfrentados con la idea de progreso sólo para unos pocos.
Históricamente se ha basado en la lucha de las clases bajas por conseguir la igualdad social y económica de la sociedad en detrimento de una élite rica.
Extrapolando la misma idea, no se puede sostener un "quiero el progreso para los míos y los que me rodean que somos iguales (catalanes) y diferentes al resto (españoles)". Sobre todo porque la cultura no nos hace diferentes en cuanto a lo esencial: lo humano.
Si aceptamos la premisa de que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos, deberíamos poder optar por igual a una mejor calidad de vida basada en instrumentos sociales igualitarios que la sustentaran.
De modo que según esa lógica deberíamos ponernos el objetivo de inclusión a gran escala de manera que fuéramos ampliando el paraguas asistencial de esa sociedad justa.
¿Mejores condiciones para el desarrollo personal que ahora son deficientes por unas políticas externas y represivas en cuanto a libertades?
¿No os gusta cómo nos gobiernan en Madrid? Cambiadlo votando.
¿No os sentís representados por los que gobiernan en Madrid? Cambiadlo votando.
¿No creéis en el actual sistema democrático? Cambiadlo. (Votando/Revolución)
En caso de que penséis que en Madrid no se decide nada y estamos gobernados por Bruselas y no os gusta cómo lo hacen, cambiadlo.
En caso de que penséis que la soberanía popular NO reside en unos representantes con legítimo o ilegítimo poder sino en el poder económico de UNA ÉLITE INMORALMENTE RICA (BCE, FMI, City de Londres)
¡CAMBIADLO!
1. Partidarios de la independencia por razones económicas: CIU
Datos objetivos.
Argumentos en contra:
http://www.eldiario.es/alternativaseconomicas/saldo_fiscal-Catalunya_6_266733340.html
2. Partidarios por sentimiento de pertenencia a una comunidad con cultura propia: ERC
Datos subjetivos.
¿Por qué el deseo de un autogobierno? ¿Mejores condiciones de vida?
Los valores universales de la izquierda están completamente enfrentados con la idea de progreso sólo para unos pocos.
Históricamente se ha basado en la lucha de las clases bajas por conseguir la igualdad social y económica de la sociedad en detrimento de una élite rica.
Extrapolando la misma idea, no se puede sostener un "quiero el progreso para los míos y los que me rodean que somos iguales (catalanes) y diferentes al resto (españoles)". Sobre todo porque la cultura no nos hace diferentes en cuanto a lo esencial: lo humano.
Si aceptamos la premisa de que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos, deberíamos poder optar por igual a una mejor calidad de vida basada en instrumentos sociales igualitarios que la sustentaran.
De modo que según esa lógica deberíamos ponernos el objetivo de inclusión a gran escala de manera que fuéramos ampliando el paraguas asistencial de esa sociedad justa.
¿Mejores condiciones para el desarrollo personal que ahora son deficientes por unas políticas externas y represivas en cuanto a libertades?
¿No os gusta cómo nos gobiernan en Madrid? Cambiadlo votando.
¿No os sentís representados por los que gobiernan en Madrid? Cambiadlo votando.
¿No creéis en el actual sistema democrático? Cambiadlo. (Votando/Revolución)
En caso de que penséis que en Madrid no se decide nada y estamos gobernados por Bruselas y no os gusta cómo lo hacen, cambiadlo.
En caso de que penséis que la soberanía popular NO reside en unos representantes con legítimo o ilegítimo poder sino en el poder económico de UNA ÉLITE INMORALMENTE RICA (BCE, FMI, City de Londres)
¡CAMBIADLO!
jueves, 29 de mayo de 2014
Spies
Cuando la oscuridad reclama su hora y el silencio ocupa su lugar, las huestes salen de sus escondrijos con cautela.
Un suspiro lejano se atenúa a medida que se arrastran.
Unos pasos acompasados componen su melodía de flauta.
Las criaturas emergen sigilosas. Cientos de ojos huidizos y cuerpos inquietos se asoman.
Ávidas de libertad recorren su conocida prisión. Buscan ansiosas algún cambio que les confirme las sospechas. ¿Acaso creen que comparten celda con algún otro recluso?
Celosas de su espacio merodean los márgenes. Sus pezuñas sucias lo manchan todo.
Van perdiendo el miedo según crecen en número. Y ríen nerviosamente para que el eco de sus risas les acompañe en la soledad. Y bailan con pasos torpes mientras miran hacia los lados recelosas. Y cantan con voces agudas y chirriantes su eterna canción.
Muchas se han reunido ya.
Se apelotonan unas contra otras y lanzan sonidos guturales de advertencia reclamando un poco de espacio.
Las más grandes se hacen hueco con sus zarpas. Las pequeñas y escurridizas aparecen por doquier.
El ambiente es asfixiante.
Empiezan a ser conscientes de que el tiempo se les acaba.
Con muecas de horror se miran.
Imaginan, paranoicas, que el carcelero se acerca.
Escuchan ruidos lejanos. Tan familiares como irreconocibles a la vez.
Incapaces son de relacionar cada sonido con lo que lo produce.
Una persiana enrollándose, un reloj dando las en punto, un coche arrancando... Escapan a su imaginario. Y sin embargo no son realidades carentes de significado para ellas. Saben que son el preludio de su retorno forzoso. Siempre esperan con congoja la hora de volver.
El bullicio que antes reinaba se quiebra de golpe. Todas permanecen en alerta.
Su cárcel parece zozobrar.
Muchas son las que caen sobre las otras.
Trazos de luz como cuchillas cortan la atmósfera quemando sus retinas.
Corren ciegas y despavoridas a sus rincones. Se arañan.
No pueden permanecer a la intemperie. El carcelero ya casi está.
Sus pasos truenan esta vez. Ensordecen sus tímpanos.
Palpan desorientadas las grietas por donde salieron.
Un fogonazo ilumina la estancia. Una queda rezagada.
Se oye un grito mudo y luego ya, lo que fue dejó de ser y lo que es no se sabe.
(...)
Estoy otra vez conmigo y es mi voz con la que pienso y es mi voz con la que me hablo por primera vez en este día.
Los de arriba han tocado con estrépito alguna puta basura que les ha servido de instrumento de percusión improvisado.
-¿Qué hora es? ¡Qué cansado estoy, joder!
Miro en dirección a la ventana para ver si hace sol. A veces, si hace, me anima a levantarme. Y sí que hace, pero no me anima.
Recorro mentalmente las obligaciones que me esperan hoy. Recuerdo con rapidez las de ayer. De las que me hice cargo y de las que sudé.
Hastío y pereza de vivir.
Respiro con dificultad. Me cambio de postura.
Bocabajo y con la almohada tapándome la cabeza se está mejor.
Cierro los párpados y veo con mi voz hecha ojos un suelo grisáceo que parece flotar en la negrura.
Hay una cosa oscura en el centro. Parece un trapo ajado y mugriento.
Me acerco con mi voz hecha piernas y lo intento tocar con mi voz hecha manos y tan pronto como lo toco, un escalofrío me corta el hilo de pensamiento y me atenaza el pecho.
Y abro los ojos y miro en dirección a la ventana.
Y me pongo de lado y me destapo un poco.
Y el odio acude al grito mudo de socorro del pecho y le quita la tenaza. Y parece que se quedará allí de guardián todo el día. Y siento cómo a cada latido se va distribuyendo a través de la sangre por todo el cuerpo.
Y comienzo a odiarme por no haberme levantado antes y empiezo a odiar a todo y a todos los que van apareciendo en mi mente.
Y pienso que es el precio que tengo que pagar por estar consciente.
Y me prometo intentar dormir antes hoy para mañana hacer algo a lo que no esté obligado. (A ver si tengo de eso. A ver si me queda.)
Y me prometo, una y mil veces, no quedarme las madrugadas insomne, vigilando que lo que vive en las profundidades y se manifiesta en la noche, vuelva a lo oscuro con cada nuevo amanecer.
Un suspiro lejano se atenúa a medida que se arrastran.
Unos pasos acompasados componen su melodía de flauta.
Las criaturas emergen sigilosas. Cientos de ojos huidizos y cuerpos inquietos se asoman.
Ávidas de libertad recorren su conocida prisión. Buscan ansiosas algún cambio que les confirme las sospechas. ¿Acaso creen que comparten celda con algún otro recluso?
Celosas de su espacio merodean los márgenes. Sus pezuñas sucias lo manchan todo.
Van perdiendo el miedo según crecen en número. Y ríen nerviosamente para que el eco de sus risas les acompañe en la soledad. Y bailan con pasos torpes mientras miran hacia los lados recelosas. Y cantan con voces agudas y chirriantes su eterna canción.
Muchas se han reunido ya.
Se apelotonan unas contra otras y lanzan sonidos guturales de advertencia reclamando un poco de espacio.
Las más grandes se hacen hueco con sus zarpas. Las pequeñas y escurridizas aparecen por doquier.
El ambiente es asfixiante.
Empiezan a ser conscientes de que el tiempo se les acaba.
Con muecas de horror se miran.
Imaginan, paranoicas, que el carcelero se acerca.
Escuchan ruidos lejanos. Tan familiares como irreconocibles a la vez.
Incapaces son de relacionar cada sonido con lo que lo produce.
Una persiana enrollándose, un reloj dando las en punto, un coche arrancando... Escapan a su imaginario. Y sin embargo no son realidades carentes de significado para ellas. Saben que son el preludio de su retorno forzoso. Siempre esperan con congoja la hora de volver.
El bullicio que antes reinaba se quiebra de golpe. Todas permanecen en alerta.
Su cárcel parece zozobrar.
Muchas son las que caen sobre las otras.
Trazos de luz como cuchillas cortan la atmósfera quemando sus retinas.
Corren ciegas y despavoridas a sus rincones. Se arañan.
No pueden permanecer a la intemperie. El carcelero ya casi está.
Sus pasos truenan esta vez. Ensordecen sus tímpanos.
Palpan desorientadas las grietas por donde salieron.
Un fogonazo ilumina la estancia. Una queda rezagada.
Se oye un grito mudo y luego ya, lo que fue dejó de ser y lo que es no se sabe.
(...)
Estoy otra vez conmigo y es mi voz con la que pienso y es mi voz con la que me hablo por primera vez en este día.
Los de arriba han tocado con estrépito alguna puta basura que les ha servido de instrumento de percusión improvisado.
-¿Qué hora es? ¡Qué cansado estoy, joder!
Miro en dirección a la ventana para ver si hace sol. A veces, si hace, me anima a levantarme. Y sí que hace, pero no me anima.
Recorro mentalmente las obligaciones que me esperan hoy. Recuerdo con rapidez las de ayer. De las que me hice cargo y de las que sudé.
Hastío y pereza de vivir.
Respiro con dificultad. Me cambio de postura.
Bocabajo y con la almohada tapándome la cabeza se está mejor.
Cierro los párpados y veo con mi voz hecha ojos un suelo grisáceo que parece flotar en la negrura.
Hay una cosa oscura en el centro. Parece un trapo ajado y mugriento.
Me acerco con mi voz hecha piernas y lo intento tocar con mi voz hecha manos y tan pronto como lo toco, un escalofrío me corta el hilo de pensamiento y me atenaza el pecho.
Y abro los ojos y miro en dirección a la ventana.
Y me pongo de lado y me destapo un poco.
Y el odio acude al grito mudo de socorro del pecho y le quita la tenaza. Y parece que se quedará allí de guardián todo el día. Y siento cómo a cada latido se va distribuyendo a través de la sangre por todo el cuerpo.
Y comienzo a odiarme por no haberme levantado antes y empiezo a odiar a todo y a todos los que van apareciendo en mi mente.
Y pienso que es el precio que tengo que pagar por estar consciente.
Y me prometo intentar dormir antes hoy para mañana hacer algo a lo que no esté obligado. (A ver si tengo de eso. A ver si me queda.)
Y me prometo, una y mil veces, no quedarme las madrugadas insomne, vigilando que lo que vive en las profundidades y se manifiesta en la noche, vuelva a lo oscuro con cada nuevo amanecer.
jueves, 27 de febrero de 2014
Cuadernillo Rubio. Edición 1984
De acuerdo con la ideología de la potencia preponderante de turno en cada época, los demás sistemas políticos y sociales ajenos a ella serán tolerados o atacados (en cualquiera de las formas que se consideren más oportunas) en base a la convergencia o divergencia de aspectos clave como la economía o la religión.
Según la conviniencia circunstancial de determinados principios de cambio que aparecen en las fronteras exteriores de la potencia preponderante, ésta se guarda el derecho (cuando no el deber legítimo) de actuar para que esos cambios se desarrollen a favor de sus intereses.
Las declaraciones, tratados, convenios y resoluciones en que sus dirigentes verbalizan sus futuras intenciones se basan en otros tratados, convenios y resoluciones anteriores que ellos mismos firmaron tiempo atrás enarbolando la bandera del progeso humano fundamentado en su Moral que a base de ser la dominante, consiguieron que se considerase Ética
Lo aceptable o inaceptable, lo tolerado o intolerable parece venir fijado en nuestra naturaleza humana y es la potencia hegemónica (que se ha ganado ese adjetivo por ser el culmen del desarrollo) la poseedora de la sabiduría que nos permite juzgar con el criterio adecuado el mundo en el que vivimos así como la garante que preserva los únicos valores dignos de preservar.
Ejercicio práctico 1. Cita cada uno de los Estados/Imperios más influyentes de la Historia. Ordénalos cronológicamente.
Ejercicio práctico 2. Divide los países que se enumeran acontinuación según los aspectos citados en los siguientes apartados. EE.UU., Rusia, China, Corea del Norte, Corea del Sur, Libia, Túnez, Egipto, Siria, Marruecos, Líbano, Israel, Irán, Irak, Afganistán, E.A.U, España, Alemania, Francia Italia, Grecia, Inglaterra, Suiza, Hungría, Ucrania, Turquía, Guinea, Myanmar.
a) Respeto de los Derechos Humanos durante el último siglo.
En caso de que se necesite, ordénalos cronológicamente desde 1900 a la actualidad.
b) Religión que profesan la mayoría los ciudadanos de cada uno de ellos. A su vez, diferéncialos según la laicidad o la confesionalidad de dichos Estados.
c) Sistema económico por el que se rigen.
En caso de que se necesite, ordénalos cronológicamente desde 1900 a la actualidad.
Ejercicio práctico 3. Haz un resumen del proceso de elaboración de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Realiza un bosquejo sobre el contexto histórico, protagonistas, razones, consecuencias...
Ejercicio práctico 4. Enumera los diferentes nombres de los Estado citados en el Ejercicio 2 a lo largo de la Historia.
Ejercicio práctico 5. Resume los planteamientos fundamentales de la filosofía del lenguaje de cada uno de los siguientes autores: Russell, Wittgenstein, Gadamer.
Ejercicio práctico 6. Créate un criterio propio para considerarte ciudadano consciente.
Según la conviniencia circunstancial de determinados principios de cambio que aparecen en las fronteras exteriores de la potencia preponderante, ésta se guarda el derecho (cuando no el deber legítimo) de actuar para que esos cambios se desarrollen a favor de sus intereses.
Las declaraciones, tratados, convenios y resoluciones en que sus dirigentes verbalizan sus futuras intenciones se basan en otros tratados, convenios y resoluciones anteriores que ellos mismos firmaron tiempo atrás enarbolando la bandera del progeso humano fundamentado en su Moral que a base de ser la dominante, consiguieron que se considerase Ética
Lo aceptable o inaceptable, lo tolerado o intolerable parece venir fijado en nuestra naturaleza humana y es la potencia hegemónica (que se ha ganado ese adjetivo por ser el culmen del desarrollo) la poseedora de la sabiduría que nos permite juzgar con el criterio adecuado el mundo en el que vivimos así como la garante que preserva los únicos valores dignos de preservar.
Ejercicio práctico 1. Cita cada uno de los Estados/Imperios más influyentes de la Historia. Ordénalos cronológicamente.
Ejercicio práctico 2. Divide los países que se enumeran acontinuación según los aspectos citados en los siguientes apartados. EE.UU., Rusia, China, Corea del Norte, Corea del Sur, Libia, Túnez, Egipto, Siria, Marruecos, Líbano, Israel, Irán, Irak, Afganistán, E.A.U, España, Alemania, Francia Italia, Grecia, Inglaterra, Suiza, Hungría, Ucrania, Turquía, Guinea, Myanmar.
a) Respeto de los Derechos Humanos durante el último siglo.
En caso de que se necesite, ordénalos cronológicamente desde 1900 a la actualidad.
b) Religión que profesan la mayoría los ciudadanos de cada uno de ellos. A su vez, diferéncialos según la laicidad o la confesionalidad de dichos Estados.
c) Sistema económico por el que se rigen.
En caso de que se necesite, ordénalos cronológicamente desde 1900 a la actualidad.
Ejercicio práctico 3. Haz un resumen del proceso de elaboración de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Realiza un bosquejo sobre el contexto histórico, protagonistas, razones, consecuencias...
Ejercicio práctico 4. Enumera los diferentes nombres de los Estado citados en el Ejercicio 2 a lo largo de la Historia.
Ejercicio práctico 5. Resume los planteamientos fundamentales de la filosofía del lenguaje de cada uno de los siguientes autores: Russell, Wittgenstein, Gadamer.
Ejercicio práctico 6. Créate un criterio propio para considerarte ciudadano consciente.
miércoles, 5 de febrero de 2014
La mañana.
Hay una higuera mecida suavemente por la brisa fresca de una mañana de febrero que impregnada de salitre, aplaca el desánimo y alienta el corazón.
En una de sus ramas hay sentado un chico vestido con unos pantalones anchos que se aprecian cómodos y una camiseta negra a juego con su barba. A su alrededor, como los higos que en otra estación han de brotar, cuelgan alguno de sus enseres; un jersery con capucha estampado de figuras geométricas anaranjadas que recuerdan a alguno de los imprerios precolombinos ya extintos, unas zapatillas que penden a cada lado por los cordones atados y una mochila. Allí permanecen a salvo de la ensoñación en la que está sumido cuyo culpable no es otro sino el libro que sostiene sobre sus manos.
Hay ruido alrededor, sí, pero es un ruido agradable mezcla del griterío infantil de un parque cercano y del murmuro de un tráfico lejano. De vez en cuando se escucha también el graznido de alguna gaviota valiente que se ha alejado de la playa.
Parejas de los antes afortunados y considerados jubilados dan sus paseos matinales comentando los avatares del tiempo con la voz cansada por la experiencia. Ellos que han visto tantos días de sol y tantas tormentas en un tiempo en que las tormentas se llamaban tormentas y los días en los que hacía sol que hacía bueno.
Con el corazón henchido por la absurda dicha que la imagen de esta trivial estampa le produce, el autor de estas palabras se regocija por el hecho de haber podido formar parte como figurante entre los demás figurantes del teatro que nos toca jugar.
Una representación interna y personal de una más grande y universal que no sabemos definir ni abarcar por la infinidad y parcialidad de nosotros mismos.
Infinidad de pequeñez e infinidad de muchos, pues todos somos actores de este gran sinsentido y parece inmediato suponer que para obtener de un gran todo, un muchos, ha de dividirse en partes muy pequeñas de materia y muy livianas de razón. Una razón pesada se advierte densa y difícil de fragmentar.
(...)
La otrora brisa antes descrita como apacible se torna más fría que fresca y más arenosa que salada. Arrastra las nubes de lugares remotos con rudeza y rapidez. El cielo antes azul se vuelve grisáceo; agorero de lo que nadie quiere quedarse a presenciar.
Una pareja de hombres uniformados ha aparecido en escena. Dejan sus ciclomotores en la senda adyacente a la zona ajardinada y se aproximan al que se ha convertido en mi árbol favorito esta mañana.
Mantienen un diálogo con el chico que está sentado en la rama aparentemente en la lengua común que comparten. Sin embargo se aprecian matices que parecen indicar una constante incomprensión.
Ordenan bajarse al ofuscado lector, no alcanzo a saber por qué motivo.
Se alejan murmurando palabras vagas y vacías de las que llenan silencios cargados de belleza que se enfadan por la intromisión acústica que contamina su condición.
Montan en sus vehículos camino de su siguiente gran hazaña.
Observo con ojos miopes una especie de resignación. No sabría decir si del árbol que ha perdido a su huesped o del chico al que han bajado de las alturas y sacado súbitamente de su abstracción.
Se ha visto obligado a volver a tomar consciencia de su entorno. Un entorno que se ha vuelto tan lúgubre y frío que le invita a acabar de leer la última línea del capítulo con la que un servidor se despide.
En una de sus ramas hay sentado un chico vestido con unos pantalones anchos que se aprecian cómodos y una camiseta negra a juego con su barba. A su alrededor, como los higos que en otra estación han de brotar, cuelgan alguno de sus enseres; un jersery con capucha estampado de figuras geométricas anaranjadas que recuerdan a alguno de los imprerios precolombinos ya extintos, unas zapatillas que penden a cada lado por los cordones atados y una mochila. Allí permanecen a salvo de la ensoñación en la que está sumido cuyo culpable no es otro sino el libro que sostiene sobre sus manos.
Hay ruido alrededor, sí, pero es un ruido agradable mezcla del griterío infantil de un parque cercano y del murmuro de un tráfico lejano. De vez en cuando se escucha también el graznido de alguna gaviota valiente que se ha alejado de la playa.
Parejas de los antes afortunados y considerados jubilados dan sus paseos matinales comentando los avatares del tiempo con la voz cansada por la experiencia. Ellos que han visto tantos días de sol y tantas tormentas en un tiempo en que las tormentas se llamaban tormentas y los días en los que hacía sol que hacía bueno.
Con el corazón henchido por la absurda dicha que la imagen de esta trivial estampa le produce, el autor de estas palabras se regocija por el hecho de haber podido formar parte como figurante entre los demás figurantes del teatro que nos toca jugar.
Una representación interna y personal de una más grande y universal que no sabemos definir ni abarcar por la infinidad y parcialidad de nosotros mismos.
Infinidad de pequeñez e infinidad de muchos, pues todos somos actores de este gran sinsentido y parece inmediato suponer que para obtener de un gran todo, un muchos, ha de dividirse en partes muy pequeñas de materia y muy livianas de razón. Una razón pesada se advierte densa y difícil de fragmentar.
(...)
La otrora brisa antes descrita como apacible se torna más fría que fresca y más arenosa que salada. Arrastra las nubes de lugares remotos con rudeza y rapidez. El cielo antes azul se vuelve grisáceo; agorero de lo que nadie quiere quedarse a presenciar.
Una pareja de hombres uniformados ha aparecido en escena. Dejan sus ciclomotores en la senda adyacente a la zona ajardinada y se aproximan al que se ha convertido en mi árbol favorito esta mañana.
Mantienen un diálogo con el chico que está sentado en la rama aparentemente en la lengua común que comparten. Sin embargo se aprecian matices que parecen indicar una constante incomprensión.
Ordenan bajarse al ofuscado lector, no alcanzo a saber por qué motivo.
Se alejan murmurando palabras vagas y vacías de las que llenan silencios cargados de belleza que se enfadan por la intromisión acústica que contamina su condición.
Montan en sus vehículos camino de su siguiente gran hazaña.
Observo con ojos miopes una especie de resignación. No sabría decir si del árbol que ha perdido a su huesped o del chico al que han bajado de las alturas y sacado súbitamente de su abstracción.
Se ha visto obligado a volver a tomar consciencia de su entorno. Un entorno que se ha vuelto tan lúgubre y frío que le invita a acabar de leer la última línea del capítulo con la que un servidor se despide.
viernes, 17 de enero de 2014
La vaca que ríe. Holden 2.0
Creo que mi mayor aspiración en la vida es crear una marca del palo "La vaca que ríe". Yo moriría en paz después de hacer algo parecido.
En serio, pensad en ello. La vaca que ríe. Imaginad a una puta vaca pastando que se para, ve pasar un coche y se descojona.
Eso quiero yo en la vida. Pasármela pastando, sin hacer una puta mierda importante, sólo pastar y de vez en cuando alzar la vista y reírme.
Descojonarme de todo. De todos.
Y ellos me verían a mí como a una puta vaca loca. Y se inventarían luego el nombre de una enfermedad rara para ocultar suya propia.
Mañana me despertaré seguramente convertido en escarabajo. Ese será el principio del cambio.
jueves, 16 de enero de 2014
Ejemplos de la vida cotidiana.
18.30h
Maître: Yo quise irme a África de voluntariado. Estuve buscando información sobre ello hace tiempo pero claro, allí necesitan profesionales que aporten valor añadido a un proyecto. Y claro, yo como he estudiado hostelería, poco podría aportar.
Camarero: Bueno, pero en algunos casos es tal la necesidad de la gente por las condiciones de según qué zona de qué país, que supongo que el mero hecho de tener dos manos y mucha disposición ya es algo. Pero vamos, no sé, hablo por hablar, quizá serías una carga.
La verdad es que hay que tener mucho valor y sobre todo mucha fortaleza mental para decidir hacer eso. El golpe debe ser brutal.
Maître: La verdad es que a mí me gustaría. Me cambiaría mi visión del mundo. Me valdría para valorar más las cosas, la vida. Hacer esto -abre un grifo- lo vería muy diferente después de ir allí.
01.45h
2Clientes: ¿Cómo te llamas?
Maître: -Responde mientras hace un gin-tonic pelando una porción de la piel de un limón mientras se dispone a tirar la fruta a la basura-
2Clientes: Se nota que disfrutas de tu trabajo. Que te gusta.
Maître: Sí, la verdad es que lo disfruto mucho. Creo que es importante hacer las cosas que te gusten; y más en un trabajo como este.
...
Camarero: Así que... Te gusta lo que haces... -con sorna-.
Maître: -Sonríe al darse cuenta de que estaba escuchando la conversación mientras tira los panes horneados ese día que sobraban después del servicio-. Sí, es verdad, ¿a ti no?
Camarero: No.
Maître: ¿Y eres feliz?
Camarero: No.
Maître: ¿Y qué te gusta a ti?
Camarero: No lo sé, por eso estoy aquí.
Maître: Yo quise irme a África de voluntariado. Estuve buscando información sobre ello hace tiempo pero claro, allí necesitan profesionales que aporten valor añadido a un proyecto. Y claro, yo como he estudiado hostelería, poco podría aportar.
Camarero: Bueno, pero en algunos casos es tal la necesidad de la gente por las condiciones de según qué zona de qué país, que supongo que el mero hecho de tener dos manos y mucha disposición ya es algo. Pero vamos, no sé, hablo por hablar, quizá serías una carga.
La verdad es que hay que tener mucho valor y sobre todo mucha fortaleza mental para decidir hacer eso. El golpe debe ser brutal.
Maître: La verdad es que a mí me gustaría. Me cambiaría mi visión del mundo. Me valdría para valorar más las cosas, la vida. Hacer esto -abre un grifo- lo vería muy diferente después de ir allí.
01.45h
2Clientes: ¿Cómo te llamas?
Maître: -Responde mientras hace un gin-tonic pelando una porción de la piel de un limón mientras se dispone a tirar la fruta a la basura-
2Clientes: Se nota que disfrutas de tu trabajo. Que te gusta.
Maître: Sí, la verdad es que lo disfruto mucho. Creo que es importante hacer las cosas que te gusten; y más en un trabajo como este.
...
Camarero: Así que... Te gusta lo que haces... -con sorna-.
Maître: -Sonríe al darse cuenta de que estaba escuchando la conversación mientras tira los panes horneados ese día que sobraban después del servicio-. Sí, es verdad, ¿a ti no?
Camarero: No.
Maître: ¿Y eres feliz?
Camarero: No.
Maître: ¿Y qué te gusta a ti?
Camarero: No lo sé, por eso estoy aquí.
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